Estábamos en Estrasburgo por el congreso. Yo, con mi nuevo corte negro, corto y sexy. Karim no paraba de mirarme. ‘Estás increíble, Ana’, me dijo en la cena. Sus ojos bajaban a mi escote. Dos copas de vino y ya sentía el calor subiendo. En el ascensor, solos. El aire espeso. Lo miré fijo. ‘¿Sabes qué?’, le susurré. Chasqueé los dedos. Él sonrió, entendió. Lo besé fuerte, mi lengua invadiendo su boca. ‘Ven a mi habitación. Ahora’. No preguntó. Lo llevé de la mano, mi corazón latiendo como loco. Entramos. Cerré la puerta. ‘Quítate la camisa’, ordené. Él obedeció, lento. Vi su pecho. Pequeño, pero firme. ‘Pantalones también’. Su polla ya asomaba dura bajo el bóxer. Sonreí. Esta noche era mía. Lo empujé a la cama. ‘Tú no haces nada. Yo decido’. Él jadeó: ‘Sí… como quieras’.
Me quité el vestido despacio. Mis tetas saltaron, grandes, con pezones duros. Mi coño ya chorreaba, lo sentía empapado. Me subí encima. Agarré su polla, gruesa, venosa. ‘Mira cómo te la chupo primero’. La metí en mi boca, profunda, saliva goteando. Él gimió: ‘Joder, Ana…’. La saqué, brillante. ‘Ahora, fóllame’. Me empalé de golpe. Su verga entró entera, estirándome el coño. ‘¡Ahhh!’. Empecé a moverme, lento al principio. Arriba-abajo. Sentía cada vena rozando mis paredes. ‘Más rápido, no… yo mando’. Aceleré, mis caderas girando. Él intentaba tocarme las tetas. ‘¡No! Manos quietas’. Reboté fuerte, mi clítoris frotando su pubis. ‘¡Fóllame el coño, cabrón!’. Cambié: a cuatro patas. ‘Métemela por detrás’. Entró, chapoteando en mi humedad. Lo azoté el culo. ‘Más duro, joder’. Golpes secos, piel contra piel. Sudor goteando. ‘Ahora mi culo’. Escupí en su polla, la guié. Dolor-placer. ‘¡Sí, rómpeme el ojete!’. Él gruñía, pero yo empujaba hacia atrás, controlando el ritmo. Lo saqué. ‘Abre la boca’. Le metí dos dedos. ‘Chúpamelos’. Luego, lo puse de rodillas. ‘Lame mi coño’. Su lengua entró, chupando mi jugo. Temblé. ‘¡No pares!’. Orgasmos me sacudían, uno tras otro. Grité: ‘¡Me corro! ¡Sí!’.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Me corría como nunca, olas y olas. Él aún duro, al límite. ‘Ahora tú’. Lo tiré en la cama, monté de nuevo. Cabalgué salvaje, tetas botando. ‘¡Córrete dentro!’. Pero no. Saqué su polla, palpitante. ‘En mi cara’. Bombeé fuerte, mano resbaladiza de mi coño. ‘¡Dame tu leche!’. Saltó, chorros calientes en mi boca, mejillas, tetas. Tragué lo que pude, salado, espeso. Él jadeaba: ‘Ana… increíble’. Me limpié con la lengua, sonriendo. Me sentía diosa. Poder total. Su polla flácida, exhausta. Yo, saciada, el coño palpitando aún. Lo miré: ‘Esto fue mío. Todo’. Me vestí despacio, él atónito. Bajé al bar, piernas temblando de placer. Esa noche, lo conquisté. Lo hice mío. Y lo repetiría. El control es adictivo. Mi vientre ardía de victoria. Poder puro, crudo, mío.