Me llamo Sofía, tengo 32 años, española de pura cepa, expatriada en Rayong, Tailandia. Adoro mi curro en marketing para la industria. Pelo castaño, 1,65 m, curvas justas para volver locos. Hoy viernes, fin de semana con Hervé, ese ingeniero francés de 32, 1,70 m, pelo claro, cuerpo atlético. Lo vi en la máquina de café del trabajo. Siempre tímido, pero con ojos que me devoraban. Esta vez, yo decido. Lo quiero. Lo tendré a mi merced.
Le mando un wasap: ‘Hotel chic a las 19h. No llegues tarde’. Él responde rápido, nervioso. Sonrío. Llego a las 19:45, con mi vestido blanco ceñido, escote profundo, tacones que clavan el suelo. Piel morena brillando bajo las luces. La terraza del hotel está llena de farangs sudando a 30 grados. Me acerco por detrás, le paso las manos por el pecho, aprieto mis tetas contra su espalda. ‘Hola, mi amor’, le susurro al oído, mordiéndole el lóbulo. Se gira, rojo como un tomate. Los americanos de la mesa de al lado se giran, babeando.
La conquista: decido que es mío esta noche
‘¿Me esperaste mucho? ¿Buen día?’, le digo, sentándome a horcajadas en sus piernas. Pido un bloody mary, él un whisky. Hablo de mi jefe idiota, de clientes franceses que prometen milagros. Él balbucea sobre su proyecto perfecto. Pero yo controlo. ‘Esta noche mando yo, Hervé. Tú obedeces. ¿Entendido?’. Asiente, polla ya dura bajo mis nalgas. Río bajito. ‘Bien chico. Vamos a comer burgers al Tom’s Steak House. Luego, mi juego’.
En su Toyota Hilux, voy pegada a él, mano en su paquete. ‘No toques, espera’. Aparcamos en mi piso de tres habitaciones, palmeras afuera, olor a mar lejano. Lo empujo al sofá. ‘Quítate todo’. Obedece temblando. Su polla media tiesa, 17 cm, venosa. Me arrodillo, la huelo: sudor masculino, excitante. La lamo despacio, lengua plana, hasta que palpita. ‘Mmm, buena polla. Pero es mía ahora’.
Me levanto, dejo caer el vestido. Sujetador push-up, tanga comiéndose mi culo. Me giro, me inclino: ‘Mírame bien’. Él jadea. Me quito el tanga, se lo meto en la boca. ‘Chupa mi sabor’. Voy a la habitación, cojo mi arnés con el dildo negro de 20 cm, grueso. Vuelvo, lubricante en mano. ‘A cuatro patas, culo arriba’. Duda un segundo. Le azoto la nalga: ‘¡Obedece!’.
El clímax: lo dirijo paso a paso hasta el éxtasis
Empujo el dedo en su ano virgen. Aprieta, gime. ‘Relájate, cabrón. Vas a disfrutar’. Dos dedos, masajeo próstata. Su polla gotea precum. ‘Ahora el turno mío’. Me pongo el arnés, lo unto bien. Apunto a su ojete rosado. Empujo lento… entra la cabeza. Grita: ‘¡Sofía, duele!’. ‘Cállate y empuja contra mí’. Meto más, hasta la mitad. Follarlo así, viéndolo rendirse… adrenalina pura. Acelero, cachetes chocando. ‘¡Más fuerte! ¿Verdad?’, gruño. Él: ‘Sí… joder, sí… fóllame’.
Lo volteo boca arriba, piernas en hombros. Le miro a los ojos mientras lo penetro profundo. Agarro su polla, la meneo brutal. ‘No corras sin permiso’. Jadea, suda. Cambio: lo monto a lo amazona, dildo hundiéndose en su culo, mis tetas rebotando. Él me agarra las caderas. ‘¡Quieto! Yo muevo’. Subo y bajo, rápida, su polla helicoptero en el aire. ‘¡Me vengo!’, aúlla. ‘¡No! Aguanta’. Aprieto base de su verga, lo saco. Lo pongo contra la pared, levanto una pierna suya, embisto salvaje.
Su ano palpita, sé que explota. ‘¡Córrete ya, puta!’. Eyacula chorros blancos por su vientre. Yo me corro gritando, coño chorreando sin tocarlo. Caemos al colchón, exhaustos. Su polla flácida sale resbalando. Me acurruca contra mí, besos sumisos. ‘Eres increíble, Sofía’. Sonrío, poderosa. Lo tuve. Exacto como quise. Mañana, repetimos. Mi vida en Tailandia… perfecta.