Estaba de rodillas en el confesionario, el olor a madera vieja y incienso me envolvía. Hacía meses que lo veía predicar, tan serio, tan… reprimido. Sus sermones contra el pecado me ponían cachonda. ‘Padre, vengo a confesar un pecado mortal’, le dije bajito, con voz temblorosa de fingida vergüenza. Él carraspeó al otro lado de la rejilla. ‘Dime, hija’. Le conté cómo me masturbé pensando en él, mis dedos en el coño y el culo, imaginando su polla dura contra mis pies. Sentí su respiración acelerarse. ‘Padre… soñé que te quitabas la sotana, que me follabas con esa cruz al cuello’. Silencio. Luego: ‘Ven esta medianoche a la iglesia vacía. Te absolveré’. Sonreí. Era mío.
Entré a la iglesia a las doce, oscura, solo velas titilando. Él esperaba nervioso, ajustándose el cuello. ‘Desnúdate’, me ordenó, pero yo lo miré fijo. ‘No, tú primero. Quítate todo menos la cruz’. Dudó, eh… pero obedeció. Su polla saltó erecta, gruesa, venosa. Me acerqué, la olí: almizcle puro, prohibido. ‘Ahora, arrodíllate tú’. Lo hice inclinar la cabeza. ‘Voy a dictar las reglas: me comerás el coño hasta que me corra, y luego yo decido’. Le agarré el pelo, lo empujé contra mi falda. ‘Levántala y lame’. Su lengua torpe al principio, pero ansiosa. Gemí, ‘más adentro, cabrón, chupa mi clítoris’. La tensión subía, su polla goteaba pre-semen. Yo controlaba.
La confesión que me da el poder
Lo subí al altar. ‘Échate boca arriba’. Me quité la ropa despacio, mis tetas firmes, pezones duros rozando el aire frío. Monté su cara, restregué mi coño mojado en su boca. ‘Bebe mis jugos, sacerdote’. Él jadeaba, ‘sí… sí…’. Bajé, agarré su polla palpitante. ‘Ahora te follo yo’. La guié a mi entrada, húmeda, caliente. Me hundí despacio, sintiendo cada vena estirarme. ‘Mira cómo te trago, puta reprimida’. Cabalgué fuerte, mis caderas chocando, slap-slap contra su pelvis. ‘No te corras hasta que yo diga’. Le pellizqué los huevos, introduje un dedo en su culo virgen. Gritó, ‘¡Dios!’. Le di la vuelta, ‘ahora por detrás’. Escupí en su ano, metí dos dedos mientras lo montaba a lo perrito inverso. Mi coño chorreaba, el altar olía a sexo sacrílego. ‘Fóllame el culo ahora’, exigí. Lubriqué su polla con mi saliva, me empalé analmente, dolor-placer quemando. Lo ordeñé con mis nalgas, ‘¡más profundo!’. Orgasmos míos uno tras otro, él suplicando. ‘Córrete dentro, llena mi culo de leche caliente’. Él explotó, espasmos, semen rebosando.
Después, jadeantes, él temblaba. Yo me vestí tranquila, él aún desnudo, polla flácida goteando. ‘Esto fue mío desde el principio. Tus sermones me mojaban, planeé cada paso’. Lo miré con poder total. ‘Déjalo todo, ven conmigo o lo cuento todo’. Lágrimas en sus ojos, pero asintió. Salí sintiéndome diosa: lo había conquistado, dominado, follado a mi antojo. La adrenalina de su rendición, su semen en mí, el control absoluto. Ahora es mío, mi juguete. Puissance pura, eh… inolvidable.