Estábamos en esa cabaña vieja del bosque, yo, Melanie, Francisco y Jerónimo. Habíamos caminado una hora de noche, con el corazón latiendo fuerte por los ruidos… crac, crac de las ramas. El miedo nos pegaba los cuerpos. Jerónimo iba a mi lado, temblando un poco, su mano rozando la mía. Yo sentía su calor, su nerviosismo. Me gustaba.
Llegamos, sacamos el ron, bebimos. La mesa de mármol fría bajo las botellas, el colchón mohoso en el rincón. Hablamos de música heavy, de metal que nos pone cachondos. Luego Francisco sacó lo del espiritismo. Letras en papeles, el vaso en el centro. Nuestros dedos encima, rozándonos. ‘Espíritu, ¿estás ahí?’, repetía él serio.
La tensión en la oscuridad del bosque
Nada. Hasta que… el vaso se movió. Lento. Las chicas gritamos. Yo vi algo: una niña con coletas, cara verdosa, en el rincón. Melanie se volvió loca, ‘¡Es mi hermana!’. Lágrimas, gritos. Los chicos pálidos. Jerónimo me miró, aterrado. Su pecho subía y bajaba rápido. Ahí lo decidí. Esta noche él sería mío. Yo mandaría.
Apagué la luz de la lámpara de gas. Oscuridad. ‘Cállense’, dije fuerte, voz segura. Me acerqué a Jerónimo, lo empujé contra la mesa. Su aliento caliente en mi cara, olía a ron y miedo. ‘Tú… vas a hacer lo que yo diga’, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él tragó saliva, ‘Paula, ¿qué…?’.
Le besé duro, lengua dentro, dominando su boca. Mis manos en su pecho, bajando. ‘Quítate la camisa’, ordené. Dudó un segundo, pero obedeció. Piel caliente, sudorosa. Yo me quité el jersey, mis tetas grandes libres, pezones duros por la adrenalina. Él las miró, babeando. ‘Tócalas’, dije. Sus manos temblorosas las amasaron, yo gemí bajito, guiándolo.
Mi dominio total en la cabaña
Lo giré, cara contra la mesa. Bajé su pantalón de un tirón. Su polla saltó, dura, goteando ya. ‘Mira lo que te pone el miedo’, reí. La agarré fuerte, piel suave y venosa. Él jadeó, ‘Paula, por favor…’. ‘Cállate y siente’. La chupé despacio al principio, lengua en el glande, saboreando el precum salado. Luego profunda, garganta apretando, él gimiendo como loco.
Me puse de pie, me quité los jeans. Coño mojado, palpitando. Lo empujé al colchón. ‘Túmbate’. Obedeció. Me subí encima, frotando mi coño en su polla. ‘Ahora entro yo’. Despacio, centímetro a centímetro, su grosor me llenaba. Gemí fuerte, ‘¡Joder, qué buena polla!’. Empecé a cabalgar, lento, luego rápido. Mis tetas botando, él agarrándolas. Cambié: de rodillas, él detrás, pero yo marcando ritmo, ‘Más fuerte, cabrón’.
Lo volteé, lo monté al revés, culo en su cara. ‘Lame mi culo’, ordené. Su lengua caliente ahí, mientras yo me follaba su polla. Sudor goteando, olores a sexo crudo, madera vieja. Aceleré, coño apretando, él al borde. ‘No corras aún’. Lo saqué, lo puse de pie. Masturbé su polla hinchada, ‘Corre en mis tetas’. Él explotó, leche caliente salpicando mis pezones, mi cuello. Yo me corrí frotándome el clítoris, ondas por todo el cuerpo.
Después, él jadeando en el suelo, exhausto. Yo de pie, desnuda, poderosa. Limpié su corrida con los dedos, me la llevé a la boca. ‘Has sido bueno, chico’. Melanie y Francisco miraban desde la esquina, mudos. Sonreí. Tenía exactamente lo que quería: su sumisión total, mi placer al mando. Esa noche, el bosque ya no daba miedo. Yo era la dueña.