Era finales de verano del 88, volvía de Gap a París en ese tren viejo de Briançon, retrasado hasta la una de la mañana. Calor asfixiante, sin aire. La revisora, una tía maja de unos treinta, me lleva al compartimento. ‘Suerte, chica, sola… bueno, con este’, dice señalando al pibe guapo que duerme boca abajo en la litera de abajo, tapado solo a medias con la sábana blanca. Su cuerpo… mmh, atlético, musculoso, piel suave brillando en la penumbra. Nos miramos las dos, sonrisitas pícaras.
‘No, déjalo, me da igual’, le digo. Subo a mi litera, pero el calor me mata. Lo miro, su culo redondo asomando, espalda ancha. Me pica el cuerpo entero. Me quito el vaquero, quedo en bragas y camiseta, me meto en la cama. Él se da vuelta, suspira… y zas, su pecho desnudo, abdomen plano, y esa joroba bajo la sábana que me pone a mil.
La Tensión que Me Llevó a Tomar el Mando
No aguanto. Coño, estoy empapada. Saco mi botellita de té tibia del mochila. Corazón a tope, me acerco sigilosa. Su respiración caliente me roza los pechos. Levanto la sábana… ¡joder, qué polla gorda tiene, aunque floja! Vierto unas gotas en su slip. Él tiembla, pero sigue roncando. Vuelvo a mi sitio, finjo dormir.
Se despierta al minuto, confuso. Levanta la sábana, ve el charco. Me mira. Se quita el slip mojado, su polla al aire… rosada, gruesa. ¡Mierda, qué ganas!
‘¡¿Qué coño haces quitándote todo?! ¡Pervertido de mierda, voy a llamar a la revisora!’, le suelto con voz firme, sentándome. Él palidece, se tapa a la carrera. ‘P-perdón, no… es que…’
‘¡Cállate! ¿Te desnudas con una chica sola? ¡Eres un cerdo!’, sigo, apuntándolo con el dedo. El tren pasa por una estación, luz entra, veo su cuerpo desnudo temblando. Su slip húmedo… perfecto.
‘Está todo mojado ahí abajo… ¿Qué has hecho?’, digo mirándole la entrepierna. ‘N-no sé, una botella… mi pantalón, ¿dónde está?’ Busca nervioso. Toco mi coño disimuladamente, estoy chorreando.
Llaman a la puerta. ‘¡Acuéstate y finge dormir!’, le ordeno. Él obedece. La revisora asoma: ‘¿Todo bien?’ ‘Sí, un mal sueño’. Se va. ‘Te salvé el culo, cabrón. Ahora explícate.’ Él asoma la cabeza: ‘Dormía solo, soy profe de ajedrez, me quité la ropa por el calor…’
El Placer Brutal Bajo Mi Dirección
‘Pues ponte algo seco.’ Busca, no halla nada. Culpita… ‘Vale, confieso: yo vertí el té en tu slip. Tu pantalón está ahí arriba. Lo siento…’ Lágrimas falsas. Él se acerca, mano en mi hombro. ‘Tranquila…’ Su mano baja a mi teta, al coño. Gimo bajito.
Me giro, él arrodillado, polla tiesa como una barra, cabeza roja hinchada. ‘Esto… ¿es buena idea? La revisora…’ ‘Calla, yo mando ahora.’ Lo empujo contra la pared.
Lo beso duro, lengua dentro. Le bajo la sábana del todo. ‘Chupa mis tetas.’ Obedece, lame pezones duros. Bajo, agarro su polla palpitante, venas marcadas. ‘Abre las piernas.’ Me arrodillo, la meto en la boca. Chupa mi clítoris mientras yo se la mama profunda, saliva goteando. Gime como loco.
‘Siéntate.’ Lo pongo en la litera, yo encima. Guío su polla gorda a mi coño empapado. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadea. Cabalgo fuerte, tetas rebotando, clavo uñas en su pecho. Cambio: de lado, contra la ventana, luz de estaciones iluminando mi culo mientras él me embiste por detrás. ‘Más rápido, fóllame duro.’ Giro, a cuatro patas, su polla entra hasta el fondo, huevos golpeando mi clítoris.
Lo monto de nuevo, controlo el ritmo. Sus gemidos suben. ‘Cállate o te paro.’ Lo giro, lo chupo hasta que tiembla. ‘No corras aún.’ Lo pongo de pie, yo de rodillas. ‘Dame tu leche en la cara.’ Explota: chorros calientes en mis tetas, barriga, coño. Grito de placer, le muerdo el pubis dejando marcas.
Agotado, cae dormido en mis brazos. Yo sonrío, sudada, poderosa. Tomé lo que quise, lo hice mío. La revisora pasa al amanecer, guiña ojo viendo las marcas rojas. Su cuerpo caliente contra el mío… misión cumplida. Me siento diosa.