Estaba paseando por el barrio de la estación esa tarde. El aire olía a humo de tren y a algo más… deseo crudo. Vi a ese tipo en su coche, bajando la ventanilla, mirando alrededor como si buscara algo. Parecía curioso, nervioso. Sonreí. ‘Hoy vas a ser mío’, pensé. Me acerqué, apoyé las manos en su puerta. Mi blusa medio abierta dejaba ver el borde de mis tetas. ‘¿Vienes, guapo?’, le dije con voz ronca. Él tartamudeó algo sobre hablar, pero yo ya había decidido. Negociamos rápido el precio, pero en mi cabeza era yo quien mandaba.
Subimos esas escaleras mugrientas, el olor a humedad y sexo viejo me ponía cachonda. Entramos en la habitación cutre, cama destartalada, luz tenue. Me pidió el dinero primero. Se lo di, pero sin quitarle los ojos de encima. Empezó a soltar que quería charlar, entender por qué hacía esto. Reí bajito. ‘Periodista, poli o cura, ¿eh?’, le dije. Él negó, pero yo vi su polla endureciéndose bajo los pantalones. ‘Mira, chato, no vine a hablar. Vine a follarte como yo quiera’. Él dudó, ‘Pero yo solo…’. Le puse un dedo en la boca. ‘Cállate. Hoy mando yo. Quítate la ropa. Ahora’.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Se desnudó torpe, su polla semi-dura saltó libre. La miré, gruesa, venosa. Me lamí los labios. ‘Siéntate en la cama’, ordené. Me quité la falda despacio, dejando ver mi coño depilado, ya húmedo. Él tragó saliva. Me acerqué, empujándolo suave pero firme. ‘Vas a hacer lo que te diga, ¿entendido?’. Asintió, ojos clavados en mis tetas. Le agarré la polla con una mano, dura ya, caliente. La apreté, masturbándola lento. ‘Mmm, buena polla. Pero no corras’. Me arrodillé entre sus piernas, olía a hombre sudado, excitante. Lamí la punta, saboreando el pre-semen salado. Él gimió, ‘Joder…’. Chupé más profundo, garganta abajo, saliva chorreando. Lo miré desde abajo, control total.
Lo empujé boca arriba. ‘Ahora yo monto’. Me subí encima, frotando mi coño mojado en su polla. ‘¿Quieres esto? Pídemelo’. ‘Por favor… fóllame’, suplicó. Reí. ‘Bien’. Me empalé despacio, su polla abriéndome el coño centímetro a centímetro. Estrecho al principio, luego llena. Gemí fuerte, ‘¡Qué rica polla!’. Empecé a moverme, arriba-abajo, mis tetas botando. Él intentaba tocar, pero le até las manos con mi tanga. ‘No toques. Mira cómo te follo’. Cabalgué duro, clítoris rozando su pubis, jugos chorreando por sus huevos. Cambié ritmo, lento para torturarlo, luego rápido hasta que jadeaba. ‘No corras aún, cabrón’.
El Placer Bajo Mi Mandato
Lo puse a cuatro patas. ‘Ahora por detrás’. Escupí en su culo, metí un dedo. Se tensó. ‘Relájate, te va a gustar’. Lamí sus huevos mientras lo masturbaba. Luego, me puse yo a cuatro, ‘Ven, métemela’. Entró de un golpe, polla palpitante. ‘¡Fuerte! ¡Dame más!’. Él obedecía, pero yo marcaba el ritmo, empujando contra él. Sudor goteando, piel contra piel, slap-slap. Sentí mi orgasmo subiendo, coño apretando su polla. ‘¡Voy a correrme! ¡Sigue!’. Exploté, gritando, temblores por todo el cuerpo. Él no aguantó, ‘Me corro…’. ‘¡Dentro! Lléname de leche’. Caliente, espeso, inundándome.
Me aparté, su polla chorreando semen y mis jugos. Él jadeaba, exhausto, mirada de rendición total. Me vestí tranquila, sonriendo. ‘Ves? Así es como se hace’. Le di un beso en la frente. ‘Vuelve cuando quieras que te domine otra vez’. Bajé las escaleras ligera, coño aún palpitando, llena de su corrida. Me sentía poderosa, invencible. Había tomado lo que quería: su polla, su sumisión, mi placer puro. Ningún hombre resiste cuando yo decido conquistar.