Estaba en la discoteca, la música retumbando en mis oídos, cuando la vi. Esa mujer, con su vestido negro ajustado subiéndose por los muslos carnosos, bailando como si quisiera romper algo. Ojos cerrados a medias, caderas ondulando salvaje. Me picó la nuca. La observé desde el borde de la pista. Pelo largo, curvas maduras, alianza en el dedo brillando bajo las luces. Frustrada, sola. Su marido la había dejado tirada el día de su aniversario. Lo olía en su rabia.
Me acerqué cuando la música bajó a un slow. Le rozé la muñeca. ‘Joder, qué baile… Me has dejado sin aliento’, le dije, voz ronca. Se giró, sorprendida. ‘Gracias… soy Marisa’. Yo, Carmen, pelo corto, camisa entallada, pantalón que marca lo justo. Le sonreí, ojos fijos en los suyos. ‘Ven, te invito a una copa. No muerdo… aún’. La cogí del brazo, suave pero firme. No resistió. La senté en el taburete del bar, yo al lado, codos en la madera, mirándola de cerca. Oía su respiración agitada.
La Seducción en la Pista: Decidí que Era Mía
‘¿Qué te ha llevado a bailar así? Dime’, le solté, tutéandola ya. Se sonrojó. ‘Nada… mi marido… bah’. Tocó su alianza, amarga. ‘Él no está. Yo sí. Y quiero conocerte. Ven conmigo’. Le cogí la mano, la besé en los nudillos. Tembló. ‘¿Qué…?’. ‘Shh. Que riesgos corres probando’. Mi dedo rozó su mejilla, bajó a sus labios. Suaves, entreabiertos. Los recorrí lento. Se le aceleró el pulso. La besé en la comisura, ligero. Gimió bajito. ‘Vámonos a mi coche’. La levanté, la saqué de allí. Afuera, la arrinconé contra el capó. ‘Quiero besarte de verdad’. Le tomé la cara, labios en los suyos. Su lengua buscó la mía, desesperada. Manos en mi cintura. Yo mandaba el ritmo, mordiendo suave su labio inferior.
‘En mi casa. Ahora’, ordené. Asintió, muda. En el coche, manos entrelazadas, miradas calientes. Aparqué, la besé salvaje en el ascensor. Puertas cerradas, lenguas enredadas, su coño ya húmedo contra mi muslo. Llegamos a mi piso. La empujé contra la pared. ‘Te voy a follar hasta que olvides a ese cabrón’. Le abrí el vestido, zipper abajo. Sus tetas grandes, pezones duros. Les chupé uno, mordí suave. Gimió fuerte. ‘Carmen… por favor…’. ‘Silencio. Yo decido’. La desnudé, culotte empapada. La tiré al suelo.
En Mi Cama: Mi Lengua y Dedos al Mando
La llevé a la cama, luz de luna. La tumbé boca arriba. ‘Abre las piernas’. Obedeció, coño hinchado, labios mojados brillando. Me quité la ropa rápido. Arrodillada entre sus muslos, olí su excitación. ‘Qué rico hueles’. Lamí despacio sus labios mayores, lengua plana. ‘Ahhh… sí…’. Metí la lengua en su raja, saboreando su jugo salado. Clítoris erecto, lo rodeé, lo chupé fuerte. Se arqueó. Dos dedos en su coño apretado, follándola lento. ‘Más… joder, más rápido’. ‘No. Tú esperas’. Aceleré, curvando dedos en su punto G. Chorros de placer, gemidos roncos. La monté, coños frotándose, clítoris contra clítoris. Tribbing duro, sudor mezclándose. ‘¡Voy a correrme!’. ‘Córrete para mí, puta’. Explotó, cuerpo temblando, uñas en mi espalda.
La dejé jadeando, yo encima aún. Besé su cuello sudoroso. Me corrí después, frotando mi clítoris en su muslo. Poder puro. La había hecho mía, rota sus cadenas. Se acurrucó en mí, rendida. ‘Nunca… tan bien’. Sonreí. Tenía exactamente lo que quería: su sumisión total, mi triunfo. Esa noche, yo era la reina.