Tomé el control total en mi cabaña de montaña

Estaba en mi cabaña, sola como siempre, con el fuego crepitando y la nieve azotando las ventanas. Oí golpes fuertes en la puerta. Abrí y allí estaba él: empapado, temblando, con la cara pálida. Christophe, lo reconocí al instante. El chico del pueblo, guapo, atlético, pero perdido en esta puta tormenta.

—Pasa, rápido, antes de que te congeles el culo —le dije, firme, sin preguntar. Entró tambaleándose, goteando agua por todas partes. Olía a frío, a miedo. Me miró, agradecido, pero yo ya lo veía: vulnerable, perfecto para mí.

La llegada y mi decisión de poseerlo

Lo obligué a quitarse la ropa. ‘Todo, no seas tonto’, insistí. Dudó un segundo, pero mis ojos no admitían réplica. Se quedó en slips, la polla encogida por el frío. Sonreí por dentro. Le tiré una toalla y empecé a frotarlo yo misma. Sus hombros duros, su pecho liso… mis manos bajaban lentas, rozando sus muslos. Él tiritaba, pero no de frío. Lo sentía en su respiración acelerada.

—Acércate al fuego —ordené, empujándolo. Me arrodillé, seguí secándolo. Mis dedos se colaron entre sus piernas, rozando sus huevos. Él se tensó, pero no se apartó. Perfecto. Mi coño ya palpitaba. Este chaval iba a ser mío esta noche. Yo mandaba aquí.

Le puse ungüento en el tobillo torcido. ‘Quítate el pantalón y túmbate’, le dije. Lo ayudé, mis manos subiendo por sus piernas suaves, tocando esa piel caliente. Él cerró los ojos, gimiendo bajito. ‘Shh, déjame a mí’, murmuré, masajeando alto, rozando su polla que empezaba a endurecerse. La tensión crecía. Yo decidía el ritmo.

Cuando se metió en la cama, solo con las luces bajas, supe que era el momento. Me quité la bata despacio, quedándome desnuda. Mi cuerpo fuerte, curvas maduras, tetas pesadas. Él me miró, los ojos abiertos. ‘Ven aquí’, le dije, subiéndome encima. Mis pezones rozaron su pecho. ‘Esta noche, tú eres mío. Harás lo que yo diga. ¿Entendido?’

El follón brutal y mi victoria absoluta

Asintió, hipnotizado. Le besé el cuello, mordí. Mis manos agarraron su polla, ya dura, gruesa. ‘Buen chico’, ronroneé.

Lo volteé boca abajo, abrí sus nalgas. Mi lengua lamió su culo apretado. Él jadeó: ‘¡Dios, María!’. Chupé fuerte, metiendo la lengua, lubricando. Él se retorcía. Luego lo puse de rodillas. Agarré su polla con una mano, la branqué despacio. ‘Mírame’, ordené. Con la otra, metí un dedo en su culo. Se corrió un poco, pero lo paré. ‘No aún’.

Me subí encima, mi coño chorreando. Froté su polla contra mis labios, lenta. ‘Pídemelo’, exigí. ‘Fóllame, por favor’, suplicó. Empujé, tragándomela entera. Cabalgué duro, mis tetas botando. ‘¡Más fuerte!’, grité, clavando uñas en su pecho. Él gemía, perdido. Cambié: lo puse a cuatro, metí mi dedo de nuevo mientras lo montaba por detrás, no, yo lo follaba a él con mi ritmo.

Lo volteé, me senté en su cara. ‘Lame mi coño, hazlo bien’. Su lengua entró, desesperada. Yo me corrí primero, ahogándolo en mis jugos. ‘Ahora tú’. Lo branqué furiosa, chupando sus huevos, metiendo dos dedos en su culo. Él explotó, chorros calientes en mi boca. Tragué todo, lamiendo su polla limpia.

Después, lo abracé, su cuerpo temblando contra el mío. Me sentía poderosa, invencible. Lo había conquistado, lo había hecho suplicar, gemir como una puta. Su tobillo ni le dolía ya. Al día siguiente, se fue cojeando un poco, pero con una sonrisa. Sabía que volvería. Porque yo lo había marcado.

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