París, ocho y media de la mañana. Llevo tres meses en esta administración de mierda, iluminando el despacho con mi presencia. Pierre, el funcionario eterno, introvertido hasta la médula, no para de mirarme. Sus ojos se clavan en mis piernas cuando llevo falda. Y ayer… encontré su carta anónima en mi buzón. ‘Vístete como el primer día’, decía. Sonreí. Ese cobarde. En vez de asustarme, me encendió. Yo decido ahora. Él será mío.
Me puse la falda ajustada, botas altas negras, blusa blanca con un botón menos. Entré al despacho oliendo a vainilla y deseo. ‘Bonjour, Gaëlle’, balbuceó él, rojo como un tomate. Su mirada bajó directo a mi escote. Sentí su polla endureciéndose bajo el escritorio. Jean-Louis, el borracho del equipo, estaba de baja. Perfecto, solos. Me acerqué, me incliné sobre su hombro. ‘¿Viste la carta? ¿Sabes quién es?’, le pregunté, rozando su oreja con los labios. Él tragó saliva. ‘N-no sé… ¿Jean-Louis?’. Mentiroso. Reí bajito. ‘Me excita el juego. Pero yo pongo las reglas’. Sus ojos se abrieron. Escribí mi respuesta en una hoja: ‘Hoy sin bragas. Mañana, ven a la sala de copias a las seis. O te arrepentirás’. La dejé en su mesa y volví a la mía, cruzando las piernas despacio, dejando que viera el borde de mi coño depilado.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
La mañana fue tortura deliciosa. Él no paraba de removerse, sudando. Yo lo pillaba mirándome, y le guiñaba un ojo. ‘¿Calor, Pierre?’. Él asentía, tartamudeando. A mediodía, en la brasserie, lo acorralé. ‘Si eres tú el anónimo, esta noche te follo yo. No al revés’. Se atragantó con el café. Adrenalina pura. Volvimos al despacho. Él escribió otra carta, pero yo la intercepté. ‘Buenas, cobarde. A las seis. Desnúdate primero’. La tensión era eléctrica. Mi coño chorreaba ya, palpitando.
El Polvo Brutal Bajo Mi Mando y Mi Triunfo
Seis en punto. Sala de copias, luz tenue. Entró temblando. ‘Gaëlle, yo…’. Lo callé con un beso feroz, mordiendo su labio. ‘Quítate todo. Ahora’. Obedeció, polla tiesa, goteando precum. La agarré fuerte, la apreté. ‘Esto es mío hoy’. Me arrodillé, lamí la cabeza, succioné hondo hasta la garganta. Él gemía, ‘Oh mierda…’. Lo chupé salvaje, saliva por todos lados, bolas en la mano. ‘No corras aún, cabrón’. Me levanté, me subí la falda. ‘Mira mi coño mojado por ti’. Lo empujé contra la pared, lo monté de pie, empalándome en su polla gruesa. ‘¡Fóllame duro, pero yo mando!’. Reboté, tetas saltando, uñas en su pecho. Cambié: lo tiré al suelo, lo cabalgué a lo amazona, girando caderas, apretando mi coño alrededor de su verga. ‘¡Más profundo!’. Él jadeaba, perdido. Lo puse a cuatro, metí su polla por detrás, azotando su culo. ‘¡Dame todo!’. Grité al correrme, chorros calientes bajando por sus muslos. Él explotó dentro, leche llenándome.
Después, él jadeando en el suelo, yo de pie, limpiándome el coño con los dedos, lamiéndolos. ‘Fue perfecto. Exacto lo que quería’. Lo miré, roto, rendido. Sonreí. Poder puro. Mi conquista. Ahora sabe quién manda. Y volverá por más.