Estaba sola en casa, Roger en África por tres meses. Nos gustaba buscar parejas en el sitio de encuentros para fotos sensuales, progresivas, hasta el clímax. Bernardo era perfecto: culto, guapo, con feeling. Antes de irse, Roger me dejó un relato caliente sobre nosotros tres. Lo leí, me mojé… y justo sonó el móvil. ‘¿Cristina? Soy Bernardo. ¿Cena este sábado?’ Su voz grave me erizó la piel. ‘Sí… pero yo decido cómo acaba la noche’, respondí, ya sintiendo el pulso acelerado.
Me preparé como una diosa: falda negra corta, blusa blanca con tres botones abiertos, lencería fina, medias hasta el muslo, tacones altos. Perfume en el cuello, el escote. Se presentó puntual, con rosas y champán. ‘Estás… impresionante’, balbuceó, ojos devorándome las piernas. Le sonreí, dominante. ‘Vamos, pero recuerda: yo mando’. En su coche, su mano rozó mi rodilla. La aparté. ‘Espera. Paciencia’. En el restaurante rural, champán fluyendo, charlamos de todo: su divorcio, mis fotos con Roger, cómo me excita el control. Sus ojos brillaban, tentado. Yo lo provocaba: crucé las piernas, dejando ver el borde de las medias. ‘¿Medias o pantis?’, preguntó. Levanté la falda un poco. ‘Medias. Y lo comprobarás… si te portas bien’.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
Volvimos. En el coche, tomé su mano, la puse en mi muslo. ‘Ahora sí’. Subimos. ‘Champán primero’, dije, sirviendo. Brindamos. ‘A la sesión de fotos… y a lo que yo quiera’. Me acerqué, besé su cuello. Él jadeó. ‘Cristina…’. ‘Shh. Tú solo obedece’. Lo guié al sofá, desabotoné su camisa. Sus manos temblaban en mi cintura. ‘Despacio. Tócame las tetas así’. Sentí su polla dura contra mí. Sonreí. La tensión era mía: él sucumbía, yo decidía cada roce.
Lo empujé al sofá. ‘Quítame la blusa’. Obedeció, lamió mis pezones duros. ‘Más fuerte, chupa como si fuera tuyo’. Gemí bajito, controlando. Bajé su pantalón: polla tiesa, gorda, venosa. ‘Mírala. Es mía ahora’. La agarré, masturbe lenta, sintiendo latir. ‘Abre las piernas’. Me arrodillé, lamí la cabeza, salada, caliente. Él gruñó. ‘No corras, cabrón’. Lo chupé profundo, garganta apretada, saliva chorreando. Luego, ‘Quítame las bragas’. Estaba empapada, coño rasurado hinchado. ‘Lámeme. Lengua adentro’. Se hundió, lamió mi clítoris, dedos en mi raja húmeda. ‘Más rápido… sí, joder, así’. Me corrí en su boca, arqueándome, gritando: ‘¡Bebe todo!’.
El Placer Brutal Bajo Mis Órdenes
‘Empálame’. Me subí a horcajadas, guié su polla gruesa en mi coño chorreante. ‘Folla lento’. Reboté, tetas saltando, controlando el ritmo. ‘Agárrame el culo’. Metió un dedo en mi ano apretado. ‘¡Sí, mételo más!’. Aceleré, polla hundiéndose hasta el fondo, coño tragándosela. ‘Ahora a cuatro patas’. Me puse perra, él detrás. ‘Clávamela fuerte, pero yo digo cuándo parar’. Me taladraba, huevos golpeando mi clítoris. Sudor, olor a sexo crudo. ‘¡Más, joder!’. Le apreté el culo con la mano. ‘No corras aún’. Cambié: ‘Tú debajo’. Lo monté reverse, polla en mi coño, dedo en su ano. Él jadeaba perdido. ‘¡Córrete dentro!’. Explotó, leche caliente llenándome, yo me corrí otra vez, temblando.
Quedamos jadeantes, su polla aún en mí. ‘Lo has hecho bien… por hoy’. Lo besé, posesiva. Me sentía poderosa, invencible. Él, exhausto, rendido. ‘Quédate’. Durmió abrazado a mí. Al día siguiente, mail a Roger: ‘Lo conquisté. Todo como planeamos, pero yo mandé’. Bernardo me escribió: ‘Eres fuego’. Sonreí. Tenía lo que quería: su sumisión total, mi placer absoluto. Esa noche grabada en mi piel, mi poder intacto. Roger orgulloso, yo reina.