Tomé el Control: Cómo Dominé al Conde en Esa Fiesta Exclusiva

Crucé la sala serpenteando entre los invitados, mi vestido ajustado rozando las curvas justas. Él estaba ahí, el conde, rodeado de lameculos con copas en mano. Alto, traje impecable, pero yo sabía lo que escondía debajo. Me acerqué por detrás, écharpe de seda suave en el cuello, tacones clavando el suelo. Posé mi mano enguantada en su hombro… y con la otra, bajé despacio hasta su entrepierna. Le rozo las bolas por encima del pantalón. Pesadas, calientes. Se le sube el color a la cara, rojo como tomate maduro. Los demás fingen no ver, pero sus ojos brillan. Es norma aquí: halagar al viril con un toque.

Sus huevos eran gordos, como mandarinas hinchadas, piel suave y ardiente bajo la tela. Su polla… ya se adivinaba gruesa, unos ocho centímetros tiesa contra mi palma. Sonrío de medio lado, tapándolo con el abanico. ‘Tenemos que subir’, le susurro al oído, voz firme, sin opciones. Él traga saliva, duda. Mira alrededor, ve las sonrisas cómplices. ‘Sí… subamos’, balbucea un amigo. Él asiente, atontado.

La Tensión que Me Hizo Decidir

Lo guío por la sala, mi culo meneándose delante. Subimos el escalera, penumbra de cortinas. ‘¿Por qué?’, osa preguntar. Me paro en seco, me giro. Lo miro fijo. ‘Porque si no, se me pasa el momento. Mi piel arde ahora. Sube antes de que me pudra de ganas’. Asiente, mudo.

Arriba, en el pasillo oscuro. ‘Mírame, conde. Mis tetas primero’. Me quito el vestido, lento, quedo en lencería. Pechos pesados, pezones duros como piedras, areolas oscuras invitando. Él babea. ‘No toques aún. Ahora, mi culo’. Me doy la vuelta, piernas juntas, lo planto en su cara. Redondo, fendido perfecto, ano apretado asomando. Su mirada se clava ahí. ‘Ahora, hazlo por fe. Sácala’.

Se baja los pantalones, polla saltando: gorda, venosa, capullo rosado palpitando. Me mojo al verla. Me arrodillo, labios carnosos abiertos. Él ajusta sus gafas nerviosas, manos en mi nuca. Empujo su polla en mi garganta profunda. Se ahoga un poco, pero sigo chupando, succionando fuerte. ‘Fóllame la boca’, le ordeno entre arcadas. Él empuja, brutal, como si me enculase la garganta. Le agarro las bolas, masajeo mientras me folla la cara. Me meto dedos en el coño, húmedo ya, clítoris hinchado. Gimo con la boca llena.

El Acto Brutal Bajo Mi Mando

‘Para, no corras aún’, digo limpiándome la baba. Me pongo a cuatro patas, culo en pompa. ‘En el culo, conde. Empújala toda’. Él se pone detrás, capullo en mi ano caliente. Presiona, entra el glande. Gruño de placer. Se tumba encima, peso todo sobre mí, polla abriéndose paso hasta el fondo. ‘¡Fóllame duro!’, mando. Él obedece, embiste como loco, torso sudado contra mi espalda. Sus huevos me azotan el coño, clítoris frotando el suelo frío. Me duele rico, lo monto con las caderas.

Cambio: ‘A cuatro, cabrón’. Me pongo yo encima ahora, lo monto anal reverse. Su polla me parte, pero controlo el ritmo. Subo y bajo, apretando el culo alrededor. Él gime como perra, mordiéndome hombros. ‘¡Más fuerte!’, grito. Acelero, sudor goteando, tetas botando. Siento su polla palpitar, mis paredes ordeñándola.

Viene el clímax. Él tiembla, pero yo aprieto: ‘¡Córrete dentro!’. Explota, leche caliente llenándome el culo. Yo me corro después, grito ahogada, puños contra el suelo, coño chorreando. Me retiro, su polla saliendo flácida, semen goteando.

Me levanto, lo miro postrado. ‘Eso es lo que querías, ¿no? Pero fui yo quien mandó’. Sonrío, poderosa. Él asiente, roto. Bajé las escaleras sola, culo lleno de su corrida, piel vibrando. Lo conquisté, lo hice mío. Esa adrenalina… inolvidable. Ahora sé: yo decido, yo gozo primero.

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