Mi Noche de Control Total en el Orient Express

Eran las 20:45 en la Gare de Lyon. Entré en la cabina 4 del Orient Express con mi maleta enorme. Un tío guapo, Marc, ya estaba ahí, sentado en su litera. Sonrió, pero yo no pedí ayuda. La subí yo sola, con fuerza, mirándolo fijo. ‘Soy Ana, de España. Voy a Venise sola, pero esta noche… no lo estaré’. Él parpadeó, sorprendido. Entonces entró Perrine, la rubia de 25, con ojos chispeantes y culo perfecto en vaqueros. ‘¡Hola! Primera vez en este tren loco’, dijo riendo.

Nos presentamos. El tren arrancó a las 20:55. ‘Vamos a cenar juntos. Yo invito champagne. Y no es una pregunta’, dije, clavando la mirada en Marc. Él asintió, Perrine chilló de emoción. Anne-Va no existía en mi versión; yo era la que mandaba. En el vagón restaurante, brindamos. ‘A los placeres sin límites’, propuse. Hablamos de todo: trabajos, viajes… Luego lancé: ‘Contadme vuestros secretillos calientes. Yo empiezo’. Perrine soltó su rollo de masturbarse con un compañero en el baño. Marc, su exhibición en el Sena. Yo escuchaba, sonriendo, notando cómo se ponían nerviosos, cómo sus miradas bajaban a mis tetas, a mis piernas enfundadas en medias Dim-up negras, sujetas con liguero. ‘Ahora mis reglas’, dije bajito, inclinándome. ‘Volvemos a la cabina con otra botella. Y jugamos. Yo decido quién toca, cómo y cuándo’. Marc tragó saliva. ‘¿Seguro?’, murmuró. ‘Sí. O os dejo aquí solos y aburridos’. Perrine mordió su labio: ‘Vale, Ana… suena excitante’. El corazón me latía fuerte, la adrenalina de la conquista me mojaba ya.

La Tensión que enciende el Fuego

De vuelta a las 23:00, luces bajas. Abrí el champagne. ‘Marc, quítate la camisa. Perrine, tú el pantalón. Lentos, que os vea’. Obedecieron. Él tenía polla dura bajo los pantalones. Ella, coñito depilado sin bragas. ‘Ahora, Anne… espera, yo soy Ana. Perrine, lame las tetas de Marc mientras yo miro’. Ella se acercó, temblando un poco. ‘¿Así?’, preguntó. ‘Más fuerte, chupa esos pezones hasta que gima’. Marc jadeó. Mi mano bajó a su bragueta, saqué su polla gruesa, violácea. ‘Mírame mientras te la meneo’. Perrine gemía lamiendo. ‘Perrine, a cuatro patas. Muéstrame ese culo’. Se puso, empinada. Metí dos dedos en su coño empapado, chorreaba. ‘¡Joder, qué puta mojada! Marc, fóllatela la boca’. Él obedeció, embistiéndola mientras yo la abría con dedos, sintiendo su clítoris hinchado. ‘Ahora yo’. Me quité la falda, solo medias y tanga transparente. ‘Marc, siéntate. Yo me monto’. Me subí encima, su polla entró de golpe en mi coño caliente, apretado. ‘¡Fóllame fuerte, pero yo marco el ritmo!’. Cabalgué salvaje, tetas rebotando, pellizcándome los pezones. Perrine lamía mis bolas… mis huevos no, sus bolas mientras follaba. ‘Lame mi culo, Perrine’. Su lengua entró, caliente, mientras subía y bajaba en esa verga dura. Cambié: ‘Marc, a cuatro. Te voy a follar el culo con mis dedos mientras Perrine te mama’. Él gruñó, pero se abrió. Dos dedos en su ano apretado, Perrine chupando polla. Yo me corrí primero, chorros en su espalda. ‘Ahora tú, Perrine, siéntate en su cara. Marc, cómetela bien’. Ella gritó al correrse. ‘¡Mi turno de mandarlo todo! Marc, córrete en mi boca’. Lo ordeñé, tragué su leche espesa, caliente.

Apagué la luz. Silencio roto por jadeos. Los tenía a mis pies, exhaustos, mirándome con adoración. ‘Habéis sido buenos. Mañana, cada uno su camino. Pero recordad: yo os hice gozar’. Me vestí, sintiendo el poder en cada músculo, el coño aún palpitando de satisfacción. Esa noche, en el Orient Express, fui la reina. Ellos sucumbieron, y yo obtuve todo: control, pollas duras, orgasmos múltiples. Poder puro. Aún huelo su sudor mezclado con mi perfume.

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