Acabábamos de volver al Savona después de ese día de locos en Milán. La Nonna, los rockeros en el Giardini, Mick y Lou trotando en rosa… todo un delirio. Pero yo, Carla, la española fogosa, ya no aguantaba más. Miré a mi hombre, ese guapo que me volvía loca, luchando con las llaves en la puerta. Le besé el cuello, suave, pero con hambre. Él rió, ese risa que me enciende. Entramos, y en vez de dejarlo mandarse, lo agarré por la cintura. Lo empujé al sofá frente a la ventana. ‘Esta noche, amor, yo decido’, le susurré al oído, mi voz ronca, segura. Él me miró, sorprendido, pero sus ojos ya brillaban. ‘Sí… ¿qué quieres?’, balbuceó. Sonreí, dominante. ‘Quítate la camisa. Despacio’. Obedeció, torpe, excitado. Me senté a horcajadas sobre él, mi falda subiendo por mis muslos. Le mordí el labio, fuerte. ‘No toques aún. Solo mira cómo te voy a follar’. Sentí su polla endurecerse bajo mí, palpitando contra mi coño a través de la tela. Le acaricié el pecho, uñas rasgando suave su piel. ‘¿Quieres mi boca? Pídemelo’. Dudó… ‘Por favor, Carla… chúpame’. Reí bajito. ‘Buen chico. Pero yo marco el ritmo’. La tensión subía, el aire espeso. Olía a su sudor mezclado con mi perfume. Empujé su cabeza contra el respaldo. ‘Abre las piernas. Enséñame esa polla dura que es mía’. Él jadeaba ya, rendido.
No perdí tiempo. Me bajé del sofá, arrodillé entre sus piernas. Saqué su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Mira qué rica está’, murmuré, lamiendo la punta lento, saboreando su sal. Él gimió, ‘Joder, Carla…’. ‘Cállate y siente’. La chupé profunda, garganta apretada, saliva chorreando. Lo miré fijo, ojos de fuego, mientras mi lengua giraba alrededor del glande hinchado. ‘Ahora, túmbate’. Lo empujé al suelo, alfombra áspera bajo su espalda. Me quité la ropa despacio, tetas firmes saltando libres, pezones duros. Mi coño empapado, labios hinchados listos. ‘Voy a montarte como una yegua salvaje’. Me senté en su cara primero. ‘Come mi coño, lame hasta que me corra’. Su lengua entró ansiosa, lamiendo mi clítoris palpitante, chupando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, ‘¡Sí, así, cabrón!’. Me corrí rápido, temblando, ahogándolo en mi squirt caliente. Luego, giré, cowgirl inversa. Agarré su polla, la guié a mi entrada resbaladiza. Bajé de golpe, empalándome hasta el fondo. ‘¡Fóllame desde abajo!’. Él empujaba, pero yo controlaba: subía y bajaba, nalgas chocando contra sus huevos, coño apretando su verga como un puño. Cambié a perrito, pero yo empujaba hacia atrás, follándolo yo. ‘¡Dame más duro!’. Le azoté el culo, mis uñas en su piel. Lo volteé, misionero dominante: piernas sobre sus hombros, follando salvaje, clítoris rozando su pubis. ‘¡Córrete dentro, lléname de leche!’. Él explotó, chorros calientes inundando mi útero, gritando mi nombre.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
Me quedé encima, su polla aún dentro, palpitando blanda. Bajé lento, semen chorreando por mis muslos. Lo besé, posesiva. ‘Lo has hecho bien, mi puto sumiso’. Él jadeaba, exhausto, ojos de adoración. Me sentía poderosa, invencible. Esa adrenalina de la conquista, de verlo sucumbir… orgasmo total. Me limpié con su camisa, riendo. ‘Mañana, Milo Manara nos espera gracias a la Nonna. Pero esta noche, yo gané’. Dormimos abrazados, yo la reina, él mi trofeo. Poder puro, placer mío al cien. ¿Quién necesita rockstars cuando mandas tú?