Estaba cabreada, joder. Acababa de salir de ese piso de mierda en pleno centro de Bayona, con el olor a semen pegado a la piel. François y su colega Gérard me habían usado como una puta en las Fiestas de Bayona, el 25 de julio. Todo planeado, la puerta entreabierta, la música… Me sentía sucia, traicionada. Caminaba por las calles llenas de blanco y rojo, la música retumbando, pero sin ganas de fiesta. De repente, una voz: “¡Eh, Helena! ¿Qué pasa?”
Era Alejandro, de mi clase en el insti. TS2, el empollón arrogante que todas humillamos con un falso ligue. Ahora… cambiado. Pelo revuelto, sonrisa humilde, camisa blanca que le sentaba de puta madre. Nos sentamos en un muro. Hablamos. Él, prepa en Burdeos, sufriendo, lejos de Politécnica. Yo, letras en la uni, pero con el corazón hecho mierda. Su mirada… vulnerable. Me encendió algo. “Ven a mi casa”, dijo. “Vale, pero esta noche mando yo. ¿Confías?”
La decisión de hacerlo mío
Subimos. Cervezas frías. Charla. Él nervioso, yo observándolo. Sus manos temblando al contar sus fracasos. Lo miré fijo. “Alejandro, quítate esa arrogancia de antes. Hoy vas a ser mío. Harás lo que te diga. ¿Entendido?” Se sonrojó. “Eh… sí, Helena”. Me acerqué, lo besé. Dudó, pero cedió. Sus labios torpes, su lengua insegura. Le mordí el labio. “Desnúdame despacio. No toques hasta que yo diga”. Sus dedos temblaban en mi camiseta. La sacó. Mis tetas al aire, pezones duros por la adrenalina. “Tócalas. Suave”. Sus manos… joder, qué bien se sentían puras.
Lo empujé al sofá. Me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su pantalón. Su polla saltó, dura, fina, palpitando. Olía a macho joven, sudor fresco. “No te corras hasta que yo diga”. Lamí la base, subí despacio. Su gemido: “Helena… por favor…”. Chupé el glande, salado, hinchado. Lo metí entero, garganta profunda. Él jadeaba, manos en mi pelo. “Para… voy a…”. “¡No! Aguanta”. Lo saqué, lo apreté fuerte. Se retorcía. Le miré: “Ahora, córrete en mi boca”. Volví a mamar, lengua rápida. Explotó. Leche caliente, espesa, tragando todo. Temblaba, derrotado.
El placer bajo mis órdenes
Lo arrastré a su cuarto. Cama perfecta, como él. Me tiré, desnuda. “Ven. Fóllame como te enseñe”. Se desnudó, polla semi de nuevo. Lo subí encima. Guie su verga a mi coño mojado. “Despacio, siente cómo te aprieto”. Entró, virgen total. Gemí: “Ahora, muévete. Fuerte”. Él obedecía, torpe al principio. Lo volteé. Me puse encima, cabalgándolo. Mis tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. “Mírame. Eres mío”. Sus manos en mi culo, yo marcando el ritmo. Rápido, hondo. “Córrete dentro, lléname”. Se tensó, gritó, semen caliente inundándome. Yo exploté después, coño contrayéndose, jugos chorreando.
Me dejé caer sobre él, sudorosos. Su pecho subía y bajaba. Lo besé: “Has sido perfecto. Mío del todo”. Se quedó mudo, rendido. Esa noche dormí en sus brazos, primera vez mandando de verdad. Al día siguiente, lo dejé con una sonrisa: poder total. Él, enganchado. Yo, invencible. Esa conquista en las Fiestas… me cambió. Ahora elijo, domino, follo a mi ritmo. Joder, qué subidón.