Me llamo Lucía, tengo 26 años y vivo en un piso en el centro de Madrid. Esa noche estaba sola, mis roommates en fiesta, y yo viendo el partido de fútbol con una birra en la mano. Hambre brutal a la media parte, abrí el frigo: vacío. Pedí una pizza. El tío al teléfono dijo que tardaría, cierre de local. ‘Vale, tráela’, dije yo, sin pensarlo dos veces.
Sonó el telefonillo. ‘Sube, séptimo’. Dos minutos y el timbre. Abrí: un moreno alto, unos 22, camiseta ajustada marcando pectorales, pantalón de trabajo. Olía a pizza y a sudor fresco. ‘Tu pizza, 12 euros’. Fui por el dinero, volví y ya estaba medio dentro, mirando la tele. ‘2-1, qué partidazo’. ‘Sí, joder, pero se me acaba el tiempo para volver’. No sé qué me dio. Le dije: ‘Quédate a ver el final, anda’. Dudó. ‘No molesto?’. ‘Qué va, siéntate’. Me presentó: Javi. Yo: Lucía. Cerré la puerta, puse la pasta en la mesa y nos clavamos en el sofá, pizza entre medias.
La decisión de conquistarlo y dictar las reglas
Lo miré de reojo. Cuerpo atlético, sonrisa pícara, manos grandes. Mi coño empezó a palpitar. Yo soy de las que toma lo que quiere. Siempre. Decidí ahí: esta noche es mío. Mientras comía, puse mi mano en su muslo. Firme, caliente. Él se tensó, pero no la quitó. Sonreí. ‘Te pongo nervioso, eh?’. ‘Un poco…’. Subí la mano despacio, rozando su paquete. Ya semi-dura. ‘Mira cómo te has puesto por mí’. Se mordió el labio. Mi corazón latía fuerte, pero yo mandaba. Lo giré, le clavé un beso salvaje. Lengua dentro, dominando su boca. Él jadeaba. ‘Lucía, joder…’. Le apreté la polla por encima del pantalón. Dura como piedra. ‘Shh, calla. Tú eres mío ahora. Haz lo que te diga’.