Cómo tomé el control y me follé al vikingo tatuado en la piscina

Estábamos en esa casa rural con piscina, solazo y campos de lavanda por todos lados. Mi novio, Pablo, y yo, tirados en las hamacas. Al lado, el matrimonio vikingo: él, un armario escandinavo de dos metros, cubierto de tatuajes, y ella, rubia con tetas enormes y piercing en el pezón.

—Qué guapo el tío, ¿eh? —le dije a Pablo, guiñándole un ojo. Él se rio nervioso. —Sí, pero no mi tipo. —Ya, ya, pero míralo cómo me come con los ojos. Sus tatuajes bajan hasta la polla, seguro.

La tensión sube y decido que es mío

Pablo tragó saliva. Yo notaba su excitación. Habíamos hablado de fantasías candaulistas antes. Él flipaba con verme con otro. Pero hoy, yo iba a mandar. Me quité el bikini entero, dejé mis tetas al aire, mi coño depilado reluciendo bajo el sol. —Pásame la crema, amor —le pedí, untándome despacio los pezones, gimiendo bajito. El vikingo, Knut, no quitaba ojo. Su mujer, Ingrid, sonrió pícara.

Me levanté, caminé hacia ellos con las caderas marcadas. —Hola, ¿sois de Suecia? —Sí, de Estocolmo —dijo él con acento ronco. Su polla ya asomaba bajo el bañador. —Me llamo Lola. ¿Te molesta si me siento aquí? —No, para nada.

Pablo nos miraba, tieso como una vara. Yo me acerqué a Knut, le susurré al oído: —Sé que me quieres follar. Pero yo pongo las reglas. Te la saco aquí mismo, delante de todos, y me la chupas hasta que yo diga. Luego, me follas como yo mande. ¿Trato? Él asintió, babeando. Ingrid rio: —Adelante, guapa.

Le bajé el bañador. Joder, qué pedazo de verga. Gruesa, venosa, tatuada hasta la base. 22 centímetros fáciles. La cogí con la mano, dura como piedra. —Mira, Pablo, ¿ves esto? Esto es lo que me voy a meter. —Pablo gemía: —Sí, nena, hazlo.

Empecé a pajearla lento, sintiendo el calor en mi palma. Knut jadeaba. Le metí los dedos en la boca: —Chúpamelos como si fuera mi coño. Bien, así. Ahora, arrodíllate.

Él obedeció. Le abrí las piernas, mi coño chorreando ya. Me lamió el clítoris, lengua experta, chupando mis labios hinchados. —Más fuerte, joder. Mete la lengua dentro. Sí… Pablo se tocaba la polla discretamente. Ingrid se unió, besándome el cuello. Pero yo mandaba.

El polvo brutal donde mando yo

Lo puse de pie. —Fóllame ahora. De pie, contra la pared de la piscina. —Empujó su polla enorme contra mi entrada. Estaba tan mojada que entró de un golpe, partiéndome en dos. —¡Aaaah! Lento al principio, cabrón. Siente cómo te aprieto el rabo con mi coño.

Lo monté como una yegua salvaje. Mis tetas rebotando, sus manos en mi culo. —Más profundo, rómpeme. ¡Sí! Cambié posición: me puse a cuatro, él detrás, embistiéndome como un toro. Su polla me llenaba, rozando mi punto G cada vez. —¡Fóllame el culo ahora! —Escupió en mi ojete, empujó despacio. Duele rico, estirándome. —¡Joder, qué prieto! —Mueve las caderas, hazme correrme.

Grité cuando el orgasmo me partió. Chorros de placer, mi coño contrayéndose alrededor de su verga. Él no aguantó: —Me corro… —¡Dentro no, en mi boca! —Se sacó, me arrodillé y mamé su leche espesa, tragándomela toda. Salada, caliente.

Me limpié la boca, sonriendo a Pablo. Él había eyaculado en su bañador. Ingrid aplaudió. Knut, exhausto, me besó la mano. —Eres una diosa.

Me tumbé en la hamaca, piernas abiertas, coño palpitando aún. Sentía el poder correr por mis venas. Lo había conquistado, dirigido cada segundo. Pablo me miró adorante: —Eres increíble. —Lo sé, amor. Y ahora, tú me debes uno. Mañana te miro yo mientras te follas a tres maduritas.

Adrenalina pura. Mi coño satisfecho, mi ego por las nubes. Nadie me para cuando quiero algo. Esa noche, dormí como un bebé, oliendo a sexo vikingo.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top