Tomé el control en el bosque: la hice mía con una fessée inolvidable

Estábamos paseando por el bosque ese día de fiesta, el sol pegando fuerte, sudando como locas. Ana se resbaló en un charco de barro, se empotró de culo, toda sucia y riendo. Yo me reí, pero vi en sus ojos ese brillo… ese deseo de algo más. ‘Carmen, por favor, méame encima, humíllame’, me suplicó, abriendo las nalgas con las manos. Ehhh… no. No iba a ser tan fácil. Yo decidí tomar el mando. ‘No, niñita viciosa. Tú no mandas aquí. Yo sí. Vas a ser mi putita castigada hoy.’

La miré fijo, el corazón latiéndome fuerte. Ella dudó un segundo, pero su coño ya chorreaba. ‘Apóyate en esa piedra baja, culo en pompa, piernas abiertas. Muéstrame esa concha embarrada.’ Obedeció temblando. El aire olía a tierra húmeda, a su sudor mezclado con barro. Me acerqué, le acaricié las nalgas rojas. ‘Tiemblas, ¿eh? Buena chica. Mamá va a castigarte por ser tan sucia.’ Le di la primera palmada, fuerte, el sonido rebotando en los árboles. ‘¡Ay!’ gimió. Otra, y otra. Su piel se ponía roja al instante, caliente bajo mi mano. Cambié de lado, la fessée rítmica, alternando. Contaba mentalmente, pero perdí la cuenta en la diez. Su culo ardía, y el mío… el mío palpitaba de poder.

La decisión que cambió todo

‘Sigue, mamá, por favor… lo merezco’, sollozaba ella, fingiendo llanto pero arqueando la espalda. Yo me subí encima, piernas abiertas sobre su espalda, mi coño rozando sus vértebras. Cada palmada me frotaba contra ella, mi clítoris hinchado contra su piel. ‘¡Más rojo, puta! Tu culo es mío.’ Le azoté más fuerte, sintiendo su humedad gotear por sus muslos. Mi coño mojado la untaba, resbaladizo. Bajé una mano, metí dos dedos en su concha empapada. ‘¡Joder, estás inundada! Gime para mí.’ La follaba con los dedos, curva adentro, tocando ese punto que la hacía gritar. Ella se retorcía, ‘¡Sí, Carmen, fóllame, castígame!’ Le pellizqué el clítoris, lo restregué mientras la palmada seguía cayendo. Cambié: la puse de rodillas, cara contra el barro, yo de pie sobre ella. Le abrí el culo, lamí su ano sucio, saboreando barro y sal. ‘Traga mi lengua, zorra.’ Luego mi boca en su coño, chupando fuerte, dedos tres ahora, embistiéndola como un pistón. Ella explotó, ‘¡Me corro, mamá, aaaah!’ Chorros calientes en mi cara.

El clímax de sumisión y placer

No paré. La volteé, la monté a horcajadas, mi coño en su boca. ‘Lámeme, hazme correr.’ Su lengua torpe al principio, luego frenética, metida en mi raja, aspirando mi clítoris. Yo me mecía, tetas rebotando, pellizcándome los pezones duros. ‘¡Más adentro, lame mi culo ahora!’ Se la metí en la cara, frotando hasta que sentí el orgasmo subir, brutal. ‘¡Toma mi leche, puta!’ Me corrí gritando, empapándola toda. Ella jadeaba debajo, rendida.

Después, la abracé, su cuerpo temblando contra el mío. ‘Lo has hecho perfecto, mi niñita. Yo mandé, y tú gozaste.’ La besé lento, saboreando nuestra mezcla. Su culo aún ardía bajo mis manos, pero sonreía, ojos vidriosos de placer. Caminamos de vuelta, yo con esa adrenalina de conquista, sintiéndome diosa. La había hecho mía del todo, y quería más. Ese poder… joder, es adictivo.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to Top