Lo había planeado durante semanas. Ese becario nuevo, tan tímido, reservado… perfecto para mí. Moreno, ojos grandes, cuerpo delgado pero prometedor. Sabía que era virgen, lo notaba en cómo me evitaba la mirada. Pero yo, con mis faldas cortas y blusas escotadas, lo estaba volviendo loco. Cada día en la oficina, lo pillaba mirándome las tetas o el culo. Y yo… yo decidí que hoy sería mío.
Era la hora del almuerzo. Todos fuera. Solo nosotros dos en la sala de copias. Me agaché a recargar el papel, sabiendo que mi tanga transparente lo dejaría sin aliento. Sentí su mirada quemándome el coño. ‘¿Necesitas ayuda?’, murmuró nervioso. Me giré despacio, sonriendo. ‘No, chiquillo. Pero tú sí la necesitas… de mí’. Lo miré fijo, vi cómo se ponía rojo. Me acerqué, mi mano rozó su brazo. ‘Has estado fantaseando conmigo, ¿verdad? Hoy te voy a follar yo. Tú solo obedeces’. Su respiración se aceleró. Dudó, pero no se movió. Perfecto. Lo empujé contra la pared. ‘Quítate la camisa’, ordené. Temblando, obedeció. Le besé el cuello, mordí suave. ‘Buen chico. Ahora, bésame el coño por encima de la falda’. Se arrodilló, inhalando mi olor. Sentí su aliento caliente. La tensión me mojaba ya.
La Tensión que Me Hizo Decidir Tomarlo Todo
No esperé más. Lo arrastré al escritorio. ‘Pantalones abajo’. Su polla saltó dura, virgen y palpitante. ‘Mira qué rica verga tienes para mí’. Me arrodillé, la olí primero. Sudor fresco, excitado. Lamí el glande, salado. ‘Abre la boca’, le dije, pero no, yo mandaba. La chupé hondo, saliva goteando. Él gemía, ‘Por favor…’. ‘Cállate y disfruta’. Le apreté las bolas, las masajeé. Sentí cómo se hinchaban. Lo succioné fuerte, garganta profunda, hasta que jadeó como un cachorro. Pero no lo dejé correrse. ‘Aún no, mi juguete’. Lo tumbé en el escritorio, me quité la falda. Mi coño depilado, mojado, reluciente. ‘Míralo. Es tuyo solo si yo digo’. Me subí encima, froté mi clítoris contra su punta. ‘¿Quieres entrar? Pídemelo’. ‘Sí… por favor, fóllame’, suplicó. Reí. ‘No. Yo te follo a ti’. Bajé despacio, su polla abriéndome. Gruñí de placer, gruesa, caliente. Empecé a cabalgar, lento al principio. Mis tetas botando, pezones duros. ‘Agárramelas’. Obedeció, amasándolas torpe. Aceleré, coño apretándolo, jugos chorreando por su eje.
El Placer Brutal de Dirigir su Rendición
Lo volteé. ‘Ahora por detrás’. Me puse a cuatro, guiando su polla. ‘Empuja fuerte, pero solo cuando yo diga’. Entró de golpe, me llenó. ‘¡Sí! Fóllame el coño, pero yo marco el ritmo’. Le di nalgadas. ‘Más duro, virgen mío’. Sus huevos chocaban mi clítoris, chapoteo sucio. Sentía su polla palpitar. ‘No te corras aún’. Me giré, lo monté de nuevo, cara a cara. ‘Mírame mientras te hago mío’. Le clavé las uñas en el pecho. Mi clítoris frotando su pubis. ‘Voy a correrme en tu verga’. Grité bajo, orgasmo explotando, coño contrayéndose. Él no aguantó. ‘¡Me corro!’. ‘¡Dentro! Lléname de leche’. Su semen caliente me inundó, chorros potentes. Me quedé quieta, sintiéndolo gotear.
Me bajé, polla flácida chorreando. ‘Límpialo con la lengua’. Lo hizo, sumiso. Me vestí, besé su frente. ‘Esto queda entre nosotros. Y si quiero más, vendrás’. Salí de la oficina, piernas temblando de poder. En casa, con una copa de vino, reviví cada segundo. Lo había conquistado, dirigido, vaciado. Esa adrenalina, ver su rendición… me hizo correrme sola recordándolo. Soy poderosa, y él lo sabe. Ahora, espera mi próxima orden. Exactamente lo que quería.