Acabo de mudarme al castillo de Fontvieille, esta residencia para jubilados en pleno verano francés. Calor por todos lados. Veo a Anne-Marie, mi vecina, bajita, con esa mirada humilde, tetas pequeñas pero reactivas, y un coño que sé que palpita por sumisión. Arlette, su amiga ex-cartera, me cuenta sus jueguitos: se excita con castigos, fessées, masturbación forzada. Yo, Carmen, española de pura cepa, fuerte como el vino tinto, decido: esta noche la conquisto. La adrenalina me sube el clítoris. Llamo a su puerta. Abre, vacilante. ‘Pasa, Anne-Marie’, le digo seco, usando su nombre completo como código. Se sonroja. ‘¿Qué… qué pasa?’. La miro fijo, entro, cierro. ‘Hoy obedeces. Si no, castigo. Y el castigo lo elijo yo. ¿Entiendes?’. Baja los ojos, asiente. Tensión en el aire, su respiración acelera. Me siento en su sillón, cruzo las piernas. ‘Quítate la falda. Lentamente’. Dudas, pero obedece. Sus muslos tiemblan, bragas blancas ya húmedas. ‘Bájatelas. Lánzalas a mis pies’. Las tira, expone su coño oscuro, labios hinchados. ‘Siéntate en el suelo, piernas abiertas. Mastúrbate para mí’. Se lame los dedos, eh… titubea, pero mete uno en su raja. ‘Más, Anne-Marie. Muéstrame cómo te corres’. El olor a sexo llena la habitación, su coño chorreando jugos.