Estaba en ese barco loco, después de esa mañana de locos. Acababa de salir de debajo de la mesa, con la garganta ardiendo de la irrumación de Ryan. Ese cabrón me había usado como su puta personal, pero… joder, me había puesto cachonda perdida. Mi coño chorreaba, el plug dentro de mí me volvía loca. Necesitaba más. No solo recibir, sino tomar.
Lo vi solo en el pasillo superior, fumando un cigarro, con esa mirada de oficial arrogante. Ryan, el rubio que me había follado la boca todo el almuerzo. Sus ojos se clavaron en mí. Sonreí, lenta, segura. Caminé hacia él, mis tetas balanceándose bajo el carcan, mis caderas marcando ritmo. Él tragó saliva. Bien.
La Decisión de Conquistarlo
—Eh, p’tite pute… ¿qué haces aquí? —murmuró, voz ronca.
Me acerqué tanto que sentí su calor. Mi mano subió a su pecho, dura. —Hoy no soy tu puta, Ryan. Hoy tú eres mío. Vas a darme lo que quiero. Tu leche. Toda. Y como yo diga.
Se quedó tieso. ¿Sorpresa? ¿Miedo? Me encantó. La tensión crecía, el aire espeso. Su polla ya se endurecía bajo los pantalones. Puse mi rodilla entre sus piernas, presionando. —Quítate la camisa. Ahora. Y no hables si no te lo ordeno.
Titubeó un segundo. —Pero… el capitán…
—Que le jodan. Tú solo obedece. —Le arranqué la camisa, mis uñas arañando su piel. Olía a mar y sudor. Lo empujé contra la pared del camarote. Cerré la puerta con el pie. Dicté las reglas: —Te tumbas en la cama. Boca arriba. Manos quietas. Yo monto. Tú aguantas hasta que yo diga basta. Si te corres antes, te castigo.
Sus ojos brillaban, mezcla de reto y sumisión. Se dejó caer en el colchón, polla tiesa saliendo ya. Perfecto.
Me subí encima, coño empapado rozando su vientre. Le mordí el cuello, fuerte. —Buen chico. Ahora, lame. —Me moví arriba, plantando mi coño en su cara. Su lengua salió ansiosa, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris. Joder, qué bien lo hacía. Gemí bajito, tirando de su pelo. —Más profundo, coño. Mete la lengua como si follaras.
Movía las caderas, follándole la boca. Saliva y jugos por todos lados. Mi culo rebotando en su nariz. Él jadeaba, ahogándose en mí. La adrenalina me subía, poder puro. Lo tenía.
El Acto Bajo Mis Órdenes
Bajé, agarré su polla dura como hierro. Gruesa, venosa, palpitando. La restregué contra mi entrada. —Mírame. Vas a llenarme. —Me hundí de golpe. Aaaah… llena hasta el fondo. Sus pelotas contra mi culo. Empecé a cabalgar, lento al principio. Subiendo y bajando, apretando con mi coño. Él gruñía, manos crispadas en las sábanas.
—Joder, Lola… estás… loca de caliente.
—Calla. Folla hacia arriba. Fuerte. —Aceleré, tetas botando, sudor goteando. El plug en mi culo hacía todo más intenso, doble penetración. Le clavé las uñas en el pecho. —Más rápido, cabrón. Quiero sentirte romperme.
Cambió posición como ordené: yo de rodillas, él detrás, pero yo controlaba. —No tan profundo… espera… sí, así. Golpea mi culo. —Sus embestidas brutales, polla entrando y saliendo con chasquidos húmedos. Mi coño chorreaba por sus muslos. Lo giré, lo puse boca abajo. —Ahora yo. —Me senté en reversa, rebotando salvaje. Su polla me abría entera.
—Lola… no aguanto…
—Aguanta, puta. —Le azoté las pelotas, suave pero firme. Él gimió alto. Sentí su polla hincharse. —Ahora. Córrete dentro. Lléname.
Explotó. Chorros calientes inundándome, leche espesa goteando. Yo apreté, ordeñándolo todo. Mi orgasmo vino brutal, coño convulsionando, gritando su nombre. Joder… sí.
Me aparté, su polla flácida chorreando. Lo miré, jadeante, roto. Me sentía diosa. Poder total. Lo había conquistado, usado, vacío. Me limpié con su camisa, sonriendo. —Buen chico. Ahora sabes quién manda. Vuelve a tu puesto.
Salí, piernas temblando de placer. Esa leche en mí, el control mío. Nadie me paraba. Adrenalina pura, coño satisfecho. Quería más.