Me desperté antes del amanecer en nuestra villa con vistas a la Mediterránea, en el Var. Julien roncaba a mi lado, exhausto de sus proyectos en Saint-Raphaël. Lo miré un segundo, pero mi mente ya estaba en Yann. Ese cabrón de la agencia, con su mirada calculadora y su sonrisa de depredador. Siempre me rozaba al pasar, murmurando ‘Estás increíble hoy, Elena’. Y yo… yo sentía el pulso acelerarse. No amor, no. Hambre. De control.
Entré en la agencia esa mañana con un vestido negro ajustado, tacones que resonaban como un desafío. Yann ya estaba allí, en su despacho del primer piso. Me vio llegar y levantó la vista. ‘Buenos días, preciosa’, dijo, con esa voz grave. No respondí con palabras. Solo una mirada larga, fija. Sentí su nerviosismo. Perfecto. La lluvia empezó a golpear las ventanas esa tarde. Oficinas vacías. Él en la fotocopiadora, yo fingiendo papeleo. Me acerqué por detrás, mi aliento en su cuello. ‘No deberías trabajar solo tan tarde’, le susurré, imitando sus trucos. Él se giró, sorprendido. ‘¿Y tu marido? ¿No se preocupa?’
La tensión que me encendió y mi decisión de dominar
Me reí bajito, sin humor. ‘Él no manda aquí. Yo sí’. Puse mi mano en su pecho, firme. Sintió mi uña arañando la camisa. ‘Esta noche, villa en venta en la costa. Vacía. Ven a las 10. No me hagas esperar’. Dudó un segundo, sus ojos brillando de sorpresa y deseo. ‘Elena, esto es…’. Lo corté: ‘No preguntes. Obedece. O no vuelvas a mirarme’. Su polla ya se notaba dura bajo los pantalones. Asintió, tragando saliva. Yo sonreí. Era mío.
Llegó puntual, bajo la lluvia torrencial. Abrí la puerta de la villa de lujo, luces tenues, olor a sal marina y madera pulida. Lo empujé contra la pared del salón, con vistas al mar negro. ‘Quítate la camisa’, ordené, voz ronca. Sus manos temblaban mientras obedecía. Yo me acerqué, rozando mi coño contra su entrepierna a través de la falda. ‘Vas a hacer lo que yo diga. Nada más’. Él jadeó: ‘Sí, Elena… lo que quieras’.
El sexo brutal donde dicté cada placer y él se rindió
Lo besé brutal, mordiendo su labio inferior hasta que gimió. Bajé la cremallera de sus pantalones, saqué su polla dura, palpitante. ‘De rodillas’, mandé. Se arrodilló en el suelo frío de mármol. Agarré su pelo, empujándolo contra mi coño. ‘Lámeme. Fuerte’. Su lengua entró ansiosa, chupando mi clítoris hinchado, lamiendo mis labios mojados. Gemí, apretando sus orejas. ‘Más adentro, joder… así, cabrón’. Sentía su saliva mezclada con mis jugos, goteando por mis muslos. Lo monté en el sofá luego, mi coño tragándose su polla de un golpe. ‘No te muevas. Yo follo’. Reboté salvaje, mis tetas saltando, uñas clavadas en su pecho. Él gruñía: ‘Dios, Elena… me vuelves loco’. Cambié posición: a cuatro, pero yo controlando. ‘Métemela despacio… ahora rápido, ¡fóllame duro!’. Su polla embistiendo mi coño empapado, bolas golpeando mi culo. Lo giré, lo até las manos con mi bufanda. ‘Córrete dentro cuando yo diga’. Le cabalgaba reverse, mi culo rebotando en su regazo, clítoris frotando su base. ‘¡Ahora!’, grité. Él explotó, llenándome de leche caliente, mientras yo me corría temblando, chorros mojando sus muslos.
Me aparté, su polla chorreando aún. Lo miré sudado, jadeante, rendido. ‘Límpialo con la lengua’, ordené. Obedeció, lamiendo su propia corrida de mi coño. Me vestí despacio, sintiendo el poder correr por mis venas. Él balbuceó: ‘Esto ha sido… increíble’. Sonreí, fría. ‘Fue para mí. Tú solo sirviste’. Salí dejándolo allí, roto de placer. Caminé bajo la lluvia, coño palpitante, sonrisa de reina. Julien dormía en casa, ajeno. Pero yo… yo acababa de conquistar. Me sentía invencible, dueña de mi deseo. Y sabía que volvería por más. Cuando yo quisiera.