Estaba ahí, a mi lado, roncando como un tronco. Habías rechazado mis avances antes, pidiendo ‘descanso’. Ja. Como si yo fuera a conformarme. Me miré en el espejo del techo, mis tetas firmes, mi coño ya húmedo palpitando. No, esta noche mandaba yo. Tú serías mío, sin excusas.
Me acerqué despacio, el calor de tu piel me erizaba los pelos. Pasé los dedos por tu pecho, bajando lento… lento. Tu polla, semi-dura bajo los calzoncillos, se movió un poco. Sonreí. ‘Despierta, cariño’, susurré al oído, mordisqueando el lóbulo. Abriste los ojos, confundido. ‘Shh, no digas nada. Yo decido ahora. Quítate eso’. Te obedeciste, tieso ya.
La decisión que lo cambió todo
La tensión me quemaba. Te empujé boca arriba, trepé sobre ti. ‘Mírame’, ordené, restregando mi coño mojado contra tu verga. Sentí cómo se ponía como piedra. ‘Hoy no follas tú. Yo te follo a ti’. Tus manos intentaron agarrarme las caderas. ‘¡No! Manos arriba’. Dudaste, pero obedeciste. Dios, qué subidón ver tu sumisión.
Empecé a lamerte el cuello, bajando por el pecho. Chupé tus pezones hasta que gemiste. ‘Así, buen chico’. Mi boca llegó a tu polla, la engullí entera, saliva chorreando. La mamé fuerte, garganta profunda, hasta que suplicaste. ‘Para… joder…’. ‘No paras tú. Yo paro’. Te dejé al borde, jadeando.
Me puse a cuatro, pero no. ‘No, tú quieto’. Te monté de reversa, apunté tu polla a mi culo. Estaba lubricado con mi propia saliva y jugos. ‘Mira cómo te trago’. Bajé despacio, centímetro a centímetro. Uff, qué relleno. Tu grosor estirándome el ano, ardor delicioso. ‘¡Joder, qué apretado!’, gruñiste. Empecé a cabalgar, controlando el ritmo. Arriba-abajo, girando caderas. Mis nalgas chocando contra tus muslos, plaf-plaf.
El clímax bajo mi mando absoluto
‘Abre más las piernas’, mandé. Obedeciste. Metí una mano a mi clítoris, me frotaba mientras te follaba el alma. ‘Dime que soy tu diosa’. ‘Eres… mi diosa… fóllame más’. Aceleré, tu polla martillando mi recto profundo. Sudor por todos lados, olor a sexo crudo. Cambié posición: te puse de lado, levanté una pierna. ‘Ahora por la concha’. Te clavé encima, empalándote en mi coño chorreante. ‘¡Más hondo!’. Tú empujabas, pero yo dictaba: lento, rápido, gira.
El orgasmo me pilló fuerte. ‘¡Me corro! ¡Lléname el culo!’. Grité, contrayendo todo. Tú explotaste, leche caliente inundando mi ano. Sentí cada chorro, espeso, pegajoso. Me quedé quieta encima, tu polla palpitando dentro.
Bajé, exhausto tú, yo radiante. Te besé la frente. ‘Buen chico. Mañana, quizás te deje follar’. Me acurruqué, poderosa. Sabía que sucumbiste total. Esa noche, yo gané. Totalmente. Y lo repetiré.