Era viernes, las 9:56. El portero suena. Catherine, mi secretaria, me avisa sin levantar la vista del ordenador. ‘Doctora Isabel, ha llegado el señor Víctor’. Sabía que vendría. No era hora de consultas normales, era hora de… experimentos. Le dije que esperara quince minutos. Me encanta hacerlos sudar un poco.
Entra a las 10:16. Alto, nervioso, con esa mirada que grita ‘estoy empalmado’. Mi asistente Olivier está ahí, preparando las máquinas EEG. Blusas blancas encima de la ropa. Yo con mi falda negra ajustada, elegante pero lista para lo que sea. Le presento a Olivier. Víctor me mira, y joder, su bulto en el pantalón es obvio. Siento la adrenalina. Este tío va a ser mío hoy. Decido tomar las riendas.
La decisión de dominarlo por completo
‘Olivier, ¿puedes ir a la sala de al lado? Necesito intimidad con el paciente’. Él sonríe, entiende, se va sin rechistar. Víctor balbucea: ‘Doctora, no sé si…’. Le corto: ‘Cállate y acércate. Quítate la ropa. Todo menos el slip’. Obedece, torpe. Su polla asoma, dura como piedra. Me mojo al verla. ‘Túmbate en la camilla’. Le pongo los electrodos en la cabeza, nuca, pecho. El gel frío en su piel… huelo su sudor nervioso. Mi mano roza su abdomen. ‘Voy a observar tu erección todo el rato. ¿Entendido? Yo mando aquí’.
Empieza a tartamudear su fantasme, como la vez anterior. ‘Doctora, mi hipotálamo…’. Le tapo la boca con la mano. ‘Ni una palabra más de eso. Ahora me cuentas, pero yo decido cómo acaba’. Siento su pulso a 110. Perfecto. La tensión sube. Mi coño palpita. Voy a follarlo como yo quiera.
Me siento en la silla, a un metro. ‘¿Llevas la polla dura desde que llegaste?’. ‘Sí… desde antes’. Sonrío. ‘Bien. Ahora, yo voy a hacer que revientes’. Me levanto, bajo su slip despacio. Su verga salta, gorda, venosa. ‘Mira qué polla más puta tienes’. La agarro firme. Él gime. Bajo la cabeza, lamer el glande. Salado, caliente. ‘Abre la boca no, tú no haces nada’. La chupo hondo, garganta hasta el fondo. Él tiembla, electrodos pitando. 130 latidos. La saco, baba chorreando. ‘Ahora fóllame la boca como yo te diga’.
El follón brutal donde yo mandaba
Me quito la blusa, sujetador. Tetas fuera. Me subo a la camilla, coño en su cara. ‘Lámeme, cabrón’. Su lengua torpe en mi clítoris, empapado. Gimo bajito. ‘Más fuerte… sí, así’. Le cojo la polla, la meneo brutal. Luego monto. Su verga entra entera en mi coño chorreante. ‘¡Joder qué prieta estás!’, gruñe. Yo controlo: subo y bajo lento, luego rápido. Frotando mi clítoris en su pubis. ‘No te corras hasta que yo diga’. Cambio: me pongo de espaldas, culazo en su cara. ‘Métemela por el culo ahora’. Empujo, entra apretada. Dolor-placer. Lo cabalgo salvaje, nalgas rebotando. Él jadea: ‘Doctora… por favor…’. ‘¡Cállate y fóllame más hondo!’.
Siento el orgasmo venir. ‘¡Córrete ya, lléname el culo!’. Él explota, leche caliente inundándome. Yo me corro gritando, coño y culo palpitando. 175 latidos en el monitor. Perfecto.
Bajo, sudorosa, poderosa. Él jadea exhausto, polla flácida goteando. Le quito los electrodos. ‘¿Ves? Yo decido todo. Has sido mío’. Sonrío. Catherine entra con cafés, nos mira raro pero no dice nada. Olivier vuelve: ‘Datos increíbles, doctora’. Yo guiño: ‘Ya lo sé’.
Por la noche, le llamo. ‘¿Qué tal la cabeza?’. ‘Jodida… pero cachondo’. Río. ‘Vuelve la semana que viene. Yo mando’. Cuelgo. Me siento invencible. Lo conquisté, lo usé, lo dejé seco. Esa es mi adicción: el control total.