Cómo Tomé el Control Total y lo Hice Sucumbir a Mis Deseos

Me llamo Carmen. Carmen Vega. Acabo de volver de mi isla privada, un paraíso que me regalaron por mi curro en RobCorp. Trabajo con androides sexuales, perfeccionando sus pollas y coños sintéticos. Pero esta vez, no fue un robot. Fue Ludwig, mi hombre para todo. Alto, moreno, con un cuerpo como el de un gladiador. Lo vi ahí, desnudo en la playa, con su verga tiesa apuntando al cielo. Me mojé al instante. ‘Hoy eres mío’, pensé. No más juegos. Yo decido.

Estaba tumbada en el hamaca, piernas colgando, el sol quemándome la piel. Él pasaba cerca, fingiendo arreglar algo. Lo miré fijo. ‘Ven aquí, Ludwig’. Se acercó, ojos bajos. ‘Quítate todo’. Dudó un segundo. ‘¿Qué pasa, eh? ¿No me oyes?’. Se desnudó lento, su polla saltando libre, gruesa, venosa. Me puse de pie, caminé hacia él, mis tetas rebotando, mi coño ya chorreando. Le puse la mano en el pecho, empujándolo contra el tronco de una palmera. ‘Hoy mando yo. No hablas si no te lo digo. Solo gimes si te gusta’. Él asintió, respirando fuerte. Sentí su pulso acelerado. La tensión subía. Mi mano bajó, agarré su verga, dura como hierro. ‘Esto es mío ahora’. La apreté, él gimió bajito. ‘Buen chico’. Le mordí el cuello, suave al principio, luego fuerte. Su olor a sal y sudor me volvía loca. ‘Arrodíllate’. Obedeció. Perfecto.

La Decisión que Cambió Todo

Le abrí las piernas con la rodilla, mi coño a centímetros de su cara. ‘Lámeme. Despacio’. Su lengua tocó mi clítoris, caliente, húmeda. ‘Mmm… así, joder, justo ahí’. Movía las caderas, frotándome contra su boca. Sus manos subieron a mis nalgas, apretando. ‘No tan fuerte, cabrón. Solo lame’. Gemí, el placer subiendo como fuego. Lo empujé al suelo, arena pegándose a su espalda. Me subí encima, mi coño rozando su polla. ‘No entres aún’. Me froté contra él, lenta, torturándolo. ‘¿Lo quieres? Pídemelo’. ‘Sí… por favor, Carmen’. Reí. ‘Bien’. Me empalé de golpe, su verga llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder! Qué prieta estás’. Cabalgué fuerte, tetas saltando, uñas en su pecho. ‘Mírame. Ve cómo te follo’. Cambié, me puse de espaldas, rebotando en su polla, mi culo golpeando sus muslos. ‘Agárrame las caderas. Fuerte’. Él obedecía, gruñendo. Volteé, lo monté en reversa, mi clítoris rozando su base. ‘Ahora tú abajo, pero yo muevo’. Le clavé los talones, follándolo como una posesión. ‘¡Córrete dentro! ¡Ya!’. Él explotó, chorros calientes llenándome. Yo seguí, orgasmos en cascada, gritando.

Me aparté, su semen goteando de mi coño. Él jadeaba, exhausto. Me puse de pie, piernas temblando un poco. Lo miré desde arriba, poderosa. ‘Has sido bueno. Limpia’. Él lamió su propia leche de mí, obediente. Sentí la adrenalina, el poder puro. Lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada gemido. Mi cuerpo brillaba de sudor y placer. ‘Vete ahora’. Se fue, cojeando. Yo sonreí, tocándome el clítoris aún sensible. Tenía exactamente lo que quería: control total, su sumisión. Mañana, repetimos. Pero a mi ritmo.

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