No era de noche ya. Entré sigilosa en su habitación, el sol filtrándose por las persianas mal cerradas. Jérémy, mi Jérémy, aún dormía revuelto, desnudo bajo las sábanas. Lo vi moverse, su cuerpo tenso, y supe al instante: estaba empalmado. Esa erección matutina que tanto me pone. Sonreí para mí. Hoy no se iba a masturbar solo. Hoy era mío.
Me acerqué despacio, el corazón latiéndome fuerte por la adrenalina. La conquista empezaba ahora. Me quité la camiseta ligera, quedé en sujetador y pantaloncitos cortos. Él abrió un ojo, somnoliento. ‘¿Qué… Ana? ¿Ya llegaste?’ Balbuceó, ruborizado al ver su polla dura asomando. ‘Shh, calla’, le dije con voz firme, trepándome al borde de la cama. Mi mano rozó su muslo, subiendo lenta. Sentí su piel caliente, erizada. ‘Hoy mando yo. No te muevas si no te lo digo. ¿Entendido?’ Él asintió, tragando saliva, los ojos clavados en mis tetas. La tensión crecía, su polla palpitando más. Yo decidía el ritmo. Le até las manos con su propia camiseta al cabecero, suave pero seguro. ‘Vas a suplicar, cariño. Prepárate.’
La Decisión que Cambió Todo
Lo besé duro, mordiendo su labio inferior. Bajé por su cuello, lamiendo el sudor salado. Sus pezones duros, los pellizqué hasta que gimió. ‘¡Ana, por favor!’ Susurró. ‘No pidas aún’, respondí, riendo bajito. Agarré su polla gruesa, venosa, el prepucio cubriendo ese glande rojo hinchado. La apreté en la base, sintiendo las bolas pesadas debajo. Las masajeé, rodándolas en mi palma. Él se arqueó, pero lo empujé contra el colchón. ‘Quieto. Mira cómo te mojo.’ Escupí en su verga, lubricándola, y empecé a pajearlo lento, torturándolo. Subí y bajé, destapando el glande cada vez, viéndolo brillar con precum. Su olor a hombre excitado me volvía loca, mi coño ya empapado.
Me quité el tanga, frotándolo contra su cara. ‘Huele mi excitación. Lameme.’ Él obedeció, lengua ansiosa en mi clítoris hinchado. Gemí, pero controlaba: cabalgaba su boca, restregándome hasta casi correrme. ‘Basta’, ordené, bajando. Me senté en su polla de un golpe, empalándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta estás!’ Gruñó. Reboté fuerte, mis tetas saltando, mis uñas clavadas en su pecho. Cambié: me puse de espaldas, arqueando la espalda para que viera mi culo tragándosela. ‘Fóllame tú ahora, pero solo como yo diga. Más hondo.’ Él empujaba, pero yo marcaba el ritmo, apretando mi coño alrededor de su verga. Sudor por todos lados, piel contra piel chapoteando. Lo desaté un segundo, lo puse a cuatro, y lo monté como amazona, azotando su culo. ‘¡Córrete cuando yo diga, cabrón!’ Su polla hinchándose dentro, bolas tensas golpeándome el culo.
El Placer Bajo Mis Órdenes
Lo volteé, cara a cara. ‘Mírame mientras te follo.’ Nuestros ojos fijos, penetración brutal. Sentí su orgasmo venir, yo al borde. ‘Ahora, ¡ córrete dentro de mí!’ Explotó, chorros calientes llenándome, gritando mi nombre. Yo me corrí después, olas de placer, apretándolo hasta vaciarlo. Me aparté lenta, su semen goteando de mi coño sobre su vientre jadeante.
Me tumbé a su lado, poderosa, saciada. Él, exhausto, me miró con adoración. ‘Eres increíble, Ana.’ Sonreí, acariciando su polla flácida. Obtuve todo: su sumisión, su placer a mis órdenes, esa eyaculación brutal solo para mí. La adrenalina aún corría por mis venas. Mañanas como esta me hacen sentir invencible. Él es mío cuando quiero. Y hoy, lo fue al cien por cien.