Vivía en esa annexe cutre al fondo del jardín, con la puerta que chirría y la ventana al cerezo. Mamá me tenía vigilada como a una cerámica rota, pero yo… yo ya no era esa Amandine perdida. Tenía veintisiete, pelo negro largo, a veces sucio en coleta, nariz grande como papá, labios gordos. Pero joder, me sentía fuerte. Limpiaba oficinas de noche, technicienne de surface, me encantaba esa palabra. Ahí conocí a Julien, el nuevo. Su risa calmada, vaqueros gastados. No me miraba con pena, hablábamos del tiempo, del café amargo. Nuestras pausas coincidían, roces de hombros. Un día, me cogió la mano. Besos torpes en pasillos vacíos. Mi corazón latía fuerte, volvía flotando.
Pero mamá olió el peligro. Me interrogó, lo despidieron con excusa tonta. Me hundí, luz apagada en la annexe. Ella dudó, contrató detective. Encontró a Julien en un piso mugriento, cuatro plantas sin ascensor, a cincuenta kilómetros. En esa ciudad de Madame Hubert, mi antigua preceptrice, la devota arrugada que alquilaba meublés impersonales. Mamá lo manipuló todo: sabotearon su piso viejo, le filtraron el anuncio de Hubert. Yo iba a visitas con ella, sin chistar.
La tensión sube: decido que es mío
Ese día, improvisado. Té servido. Hubert me mandó arriba: ‘Toca al del encima’. Subí temblando, toqué. Abrió, pálido. ‘Amandine…’. Yo: ‘Julien…’. Él rígido, sospechando trampa. Balbuceé del cerezo, café. Palier flotante. Me invitó a pasar, desconfiado. Me senté en sillón roto, él al borde de cama. Silencio pesado. Iba a irse, pretextando cita. Pero no. En la puerta, me lancé a su cuello. Beso desesperado. Él se apartó, bajó corriendo.
Yo volví abajo, mamá y Hubert preguntando. Pero algo se rompió en mí. No más víctima. Esa noche, ideé. Volvería sola. Al día siguiente, escapé de annexe, busqué su edificio. Subí escaleras mohosas, olor a cloaca. Toqué fuerte. Abrió, sorprendido. ‘¿Qué coño haces aquí?’. Empujé adentro, cerré puerta. ‘Cállate. Esta vez mando yo’. Mis ojos fijos en los suyos, mano en su pecho. Él: ‘Esto es una locura, tu madre…’. ‘Que le den. Tú eres mío ahora’. Le besé duro, lengua invasora. Manos bajando su camiseta, sintiendo su piel caliente, sudorosa.
Lo empujé a la cama, quitándome blusa. ‘Quítame los pantalones. Lentamente’. Dudó, pero obedeció. Mis tetas libres, pezones duros. ‘Chúpamelos’. Se lanzó, succionando fuerte. Gemí: ‘Más…’. Le abrí el pantalón, saqué su polla semi-dura. ‘Mírala, ya quiere’. La mamé profundo, saliva chorreando, bolas en mano. Él jadeaba: ‘Joder, Amandine…’. ‘Cállate y fóllame la boca’. Lo hice gemir alto.
El polvo brutal donde mando yo
Me subí encima, coño mojado rozando su polla tiesa. ‘No te muevas. Yo decido’. Me clavé despacio, sintiendo cada vena estirarme. ‘¡Ahh, sí!’. Cabalgué salvaje, tetas botando, uñas en su pecho. ‘Dime que soy tu puta jefa’. ‘Eres… mi puta jefa’. Aceleré, clítoris frotando, jugos empapando sábanas sucias. Lo giré: ‘A cuatro, lame mi culo’. Lengua en mi ano, dedos en coño. ‘¡Más profundo!’. Luego, lo monté reversa, polla hundiéndose hasta fondo. Grité orgasmo, contracciones ordeñándolo.
No paré. ‘Ahora tú de rodillas, fóllame el coño contra la pared’. Empujones brutales, mis piernas enredadas. ‘Más fuerte, cabrón’. Sudor goteando, olor a sexo rancio. Otro orgasmo mío, él al borde. ‘No corras aún’. Lo tiré a suelo, sentándome en su cara. ‘Lame hasta que diga’. Coño ahogándolo, jugos en su boca. Finalmente: ‘Córrete dentro’. Cabalgada final, polla palpitando, semen caliente llenándome. Colapsamos, jadeos.
Me aparté, sonriendo. Él exhausto, mirada rendida. ‘Esto es lo que quería. Tú, sucumbiendo’. Me vestí, beso en frente. ‘Volveré cuando quiera’. Bajé escaleras, coño goteando, poder puro en venas. Mamá no manda más. Yo controlo mi placer. Adrenalina de conquista, él mío para siempre.