Hay un olor raro en este París que ya me sé de memoria. La niebla me envuelve, como un algodón húmedo y pegajoso. No veo ni a cinco metros, y parece que se espesa más. De reojo, siluetas borrosas, fantasmas que no invitan a nada. Respiro hondo este aire acuoso, me siento pez. Agito las aletas y cruzo, dejo el metro por mis pies, por una vez. ¡Qué raro poder caminar por las nubes! Bajo por los bulevares, cruzo sombras sin cara. Los ruidos ahogados, un poco de miedo a perderme. Pero no tengo planes, lo tomo como juego. Ya no sé dónde estoy. Calles más angostas, niebla cerrándose. Puré de guisantes total, ni dos metros de visibilidad. Rozo las paredes, ojos asombrados tras cristales.
De repente, choco fuerte. Es un tío. Se disculpa con voz grave, barítono que vibra. Tan cerca que veo su cara: mentón duro, mal afeitado, pelo castaño, pinta de padre cansado. Me pone. Apoya mano en mi hombro, preocupado, ¿estás bien? ¿Te hice daño? Sonrío, lo calmo, pongo mi mano sobre la suya… Se sonroja, lo noto pese al frío. Mano izquierda sin alianza. Su palma quema. La quita, me saluda y sigue. Me giro, lo veo alejarse; antes de que la niebla lo trague, duda, se vuelve. Pero ya, muro blanco con tentáculos finos. Suspiro, risa por lo onírico, sigo. Perdida total. ¿Por ahí? Izquierda. Calle sin salida. ¡Mierda! No voy a perder el día. Móvil al rescate. Busco en bolsillos, no veo ni oigo la silueta ancha detrás.
La Decisión de Tomar las Riendas
Me giro rápido, pero yo soy la que actúa. Lo empujo contra el muro de la impasse, mano en su boca. Se debate, pero yo soy fuerte, decidida. Huele a sudor limpio, colonia y asfalto mojado. Me pego a su oreja: ‘Shh, no temas, cabrón. No te haré daño… al revés’. Mi voz ronca, segura. Él se relaja, reconoce mi voz de antes. Sonrío. ‘Me llamo Carla’, digo, sin pedir su nombre. Saco mi bufanda, se la ato a los ojos. ‘Ni se te ocurra moverte sin mi permiso’. Sus manos bajan lentas por mi cuerpo, pero yo las paro. ‘No, yo mando’. Le desabrocho el cinturón, tiro pantalón abajo. Polla semi-dura, gruesa, venosa. La agarro firme, la aprieto. Gime. ‘¿Quieres que pare?’, susurro. ‘No… por favor’, balbucea.
Le bajo el bóxer, polla libre, dura ya. La chupo de golpe, lengua plana en el glande, salado. Él tiembla contra el muro. ‘Arrodíllate’, ordeno. Obedece, niebla nos esconde. Le meto polla en boca, follo su garganta despacio. ‘Así, chupa bien’. Saliva chorrea, mis caderas marcan ritmo. Me mojo el coño, palpitante. Lo levanto, lo giro contra muro. ‘Pantalones fuera’. Le escupo en el culo, dedo dentro, suave al principio. Gime fuerte. ‘Te gusta, ¿eh? Relájate’. Dos dedos, abro su ano apretado. Lengua ahora, lamo profundo, alterno con pellizcos en huevos. ‘Joder, Carla…’, jadea. Le meto lengua hasta fondo, él se arquea.
El Placer Bajo Mi Control Total
‘Camárate más’. Polla suya roza mi muslo, dura como hierro. Me bajo falda, sin bragas. Coño chorreando. Lo empujo al suelo, niebla fría contra piel caliente. Me siento encima, guío su polla a mi entrada. Baja despacio, lo lleno. ‘No te muevas, yo follo’. Subo y bajo, fuerte, clítoris rozando pubis peludo. Manos en sus tetas, pincho pezones. Grita ahogado. Acelero, polla golpea cervix. ‘¡Córrete cuando yo diga!’. Siento orgasmo subir, aprieto ano con dedos dentro suyo. Él tiembla, ‘Por favor…’. ‘¡Ahora!’. Eyacula dentro, chorros calientes. Yo exploto, jugos mezclados, grito ronco.
Me levanto lenta, su semen chorrea por muslo. Lo miro, quito bufanda. Ojos vidriosos, rendido. ‘Buen chico’. Lo beso posesiva, lengua dueña. ‘Ven conmigo’. Lo cojo de mano, salimos niebla. Su piso cerca, subimos. Lo tiro en cama, me desnudo despacio. Él mira, hipnotizado. ‘Ahora, duerme. Mañana, más’. Me acurruco contra su pecho peludo, yo al mando. Poder total, él mío. Adrenalina pura, coño satisfecho. Lo conquisté en la niebla, y fue perfecto.