Cómo tomé el control en Versalles: Mi conquista ardiente de la colomba

Estaba en los pasillos de Versalles, ese laberinto de espejos y secretos. La vi a ella, Louise, la colomba inocente, con su vestido claro rozando el mármol. Corría, pálida, temblando. La agarré del muñeca. Su piel ardía bajo el guante. ‘¿Adónde vas tan rápido, mignonne?’, le susurré, mi voz ronca de deseo. Olía a ella: inocencia mezclada con miedo. Sus ojos, grandes, suplicantes. ‘Athénaïs… déjame’, balbuceó. Reí bajito. ‘No. Esta noche decides tú… o yo por ti’. La pegué a la pared, mi cuerpo contra el suyo. Sentí sus tetas subir y bajar, rápido. Mi mano subió por su muslo, bajo la falda. ‘El rey quiere algo nuevo. Y tú vas a aprenderlo conmigo. O te quedas atrás, virgen de placer’. Ella jadeó, ‘No puedo… es pecado’. Le mordí el lóbulo de la oreja. ‘Pecado es no gozar. Mañana, mi habitación. Tercera hora después de vísperas. Trae tu coño mojado’. La solté. Se fue tambaleando, ruborizada hasta las orejas. Yo sonreí. Ya era mía.

Llegó puntual, nerviosa, el corazón latiéndole en el pecho. Cerré la puerta con llave. El cuarto olía a almizcle y cera derretida. Velas parpadeando. ‘Desnúdate’, ordené. Dudó. La empujé al lecho de satén. ‘Obedece, colomba. Yo mando aquí’. Le arranqué el corsé. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como guijarros. Los pellizqué fuerte. Gimió, ‘¡Athénaïs!’. ‘Cállate y abre las piernas’. Le subí la falda. Su coño brillaba, húmedo, rosado. ‘Mira cómo ruega’. Me arrodillé, separé sus labios con los dedos. Olía a miel salada. Metí la lengua, chupé su clítoris hinchado. Gritó, ‘¡Dios mío!’. ‘Dios no chupa así’. Lamí hondo, sorbiendo sus jugos. Sus caderas se alzaron, follándome la boca. ‘Más… por favor’. La hice correrme, temblando, piernas apretándome el cuello. ‘Ahora tú. A rodillas’. Me quité la ropa. Mi coño depilado, palpitante. ‘Chúpame, zorra piadosa’. Se acercó titubeante. La guié por el pelo. ‘Lengua adentro, suga mi clítoris’. Gemí cuando lo hizo bien. ‘Así, puta santa. Trágate todo’. Me corrí en su boca, inundándola. Pero no paré. La tiré boca arriba, me senté en su cara. ‘Lame mientras te follo los dedos’. Tres dedos en su coño chorreante, bombeando duro. Clitóris frotado con el pulgar. Gritaba contra mi culo. ‘¡Voy a… ahhh!’. Se corrió otra vez, convulsionando.

La tensión que enciende el fuego

Después, yacía jadeante, sudorosa, mirada perdida. Yo encima, acariciando su piel enrojecida. ‘¿Ves? Te di lo que el rey nunca podrá. Placer puro, sin caprichos’. Ella susurró, ‘Eres… el diablo’. Reí, besándola con sabor a nosotras. ‘Y tú mi puta devota’. Sentí el poder correr por mis venas. La había quebrado, moldeado. Su inocencia, mía. Versalles murmuraba ya, pero yo controlaba su fuego. Me vestí, piernas firmes. ‘Vuelve cuando quieras más’. Salió flotando, adicta. Yo, satisfecha, poderosa. Esa noche gané más que al rey: su alma en mi coño.

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