Tengo 28 años, soy rubia, metro sesenta y cinco, curvas justas con tetas firmes y un culo que vuelve locas. Me visto con faldita corta, top escotado, sin sujetador, y un tanga que asoma si me muevo. Me flipa cazar presas, sobre todo chicas más jóvenes que se hacen las inocentes. Hoy, en los baños del centro cultural, la vi: una morenita de unos 22, falda plisada, inclinada en el lavabo, culito en pompa, tanga roja empapada a la vista. Mmm… olía a sexo desde lejos. Mi coño se mojó al instante. Decidí: esta es mía. Me acerqué por detrás, despacio, mi aliento en su cuello.
—Vaya, qué tanguita tan jugosa. ¿Te gusta que te miren, eh?
La tensión que me encendió: Decidí que sería mía
Se sonrojó, balbuceó: —¡Uy! Perdón, no me di cuenta…
Sonreí, dominante. —No te disculpes, preciosa. Sigue así. Pero ahora, déjame ayudarte. —Le subí la falda un poco más, mis dedos rozando su tanga húmeda. Ella tembló, pero no se movió. Bingo. Eché un vistazo: nadie. —Ven conmigo. A la cabina grande. No preguntes, obedece.
La cogí de la mano, la metí dentro, cerré el pestillo. Sus ojos grandes, nerviosos. Perfecto. —Quítate la falda. Lenta. Quiero verte mojarte más.
Obedeció, tartamudeando: —S-sí… ¿así?
—Bien, ahora el top. Muéstrame esas tetitas. Mírame mientras lo haces. —Se quedó en tanga y zapatos, tetones duros. Me acerqué, le pellizqué un pezón. Gimió bajito. —Buena chica. Tócate el coño por encima del tanga. Fuerte. Haz que chorree.
Ella se frotó, jadeando, yo la miraba fijamente. Mi poder crecía, el corazón latiendo fuerte. La tensión era eléctrica, su sumisión total.
La llevé a mi casa esa misma tarde, pretextando recuperar su tanga. En la terraza, vis-à-vis con mi vecina cotilla. La senté en el transat, yo de pie mandando. —Mira, esa de enfrente nos espía. Sube la falda, ábrele las piernas. Enséñale tu coño chorreante.
—P-pero… ¿y si…?
El clímax brutal: La hice gemir y correrse para mí
—Hazlo. Ahora. —Obedeció, tanga al lado, dedos en el clítoris. La vecina boquiabierta. Le puse pinzas en los pezones: —¡Ayy! Duele…
—Calla y mastúrbate. Quiero que gimes alto, que ella oiga. Correte para mí, puta. —Se tocaba frenética, yo le bajé el tanga a medio muslo. Sus nalgas blancas, coño hinchado. La azoté fuerte, veinte palmadas. —¡Pide más! Di que eres mi zorra.
—S-sí… azótame, soy tu zorra… ¡Ahhh!
Gimió fuerte, squirtó un chorro enorme, salpicando el suelo. Temblaba. La puse a cuatro patas: —Mírala mientras te azoto el coño. —Más palmadas, su jugo chorreando por las piernas. La metí dos dedos, curvados en su punto G. —¡Córrete otra vez! —Explotó, gritando, empapándome la mano.
La arrastré al dormitorio, toalla en la cama. Me quité todo menos mi tanga. —Sixtynine. Tú abajo. Chúpame el coño mientras huelo tu squirt en mi tanga. —Me subí encima, nariz en su raja, lengua en su clítoris. Ella lamía torpe al principio. —Más adentro, lengua fuera. Así… mmm. —Le metí dedos, la follé duro. Sus caderas se movían solas. —¡Voy a correrme! Bébetelo todo. —Grité, chorro en su boca. Ella se corrió segundos después, ahogándose en mi coño.
Nos besamos, su cara pringada de mis jugos. —Buena puta. Me has hecho correrme como una reina.
Se acurrucó: —Ha sido… increíble. ¿Volveré?
Sonreí, poderosa. —Claro que sí. La próxima, con mi vecina mirando de cerca. Serás mi juguete perfecto. —Sentí el rush total: la había conquistado, moldeado a mi antojo. Mi coño palpitaba de victoria. Nada como verlas suplicar más.