Estábamos todos en las habitaciones del ático del hotel, desnudos como siempre, ese uniforme que nos ponía a mil. Después de la historia de Yan, con su polla tiesa apuntando al techo mientras hablaba de su primera mamada a una trans, sentí esa electricidad en el aire. Yo, Carmen, la española que no se anda con chiquitas, lo miré fijo. Sus ojos se clavaron en los míos, dudando. ‘Yan… ven aquí’, le dije bajito, con esa voz ronca que uso cuando voy a por todas. Él tragó saliva, su pecho subiendo y bajando rápido. Los demás nos miraban, callados, la tensión cortándose con cuchillo.
Me acerqué despacio, rozando mi teta contra su brazo. Sentí su piel caliente, sudada del calor de la tarde. ‘Hoy mando yo, ¿entiendes? Tú solo obedeces’, susurré en su oreja, mordiéndosela suave. Él asintió, polla palpitando más dura. ‘De rodillas’, ordené, y bajó sin rechistar. Mi coño ya chorreaba, el olor a sexo llenando el cuarto. Giulia y Nora se mordían los labios, Wendy se tocaba disimulada. Pero yo ignoraba todo, solo él era mío ahora. ‘Mírame mientras te toco’, le dije, agarrando su polla gruesa con mi mano. Estaba ardiendo, venosa, el prepucio medio retraído dejando ver el glande rosado y húmedo. La apreté, viéndolo gemir. ‘No te corras hasta que yo diga, ¿eh? Si no, te castigo’. Su mirada suplicante me ponía más cachonda, el poder subiéndome por la espina dorsal.
La Decisión que Cambió Todo
Lo empujé al colchón, me subí encima a horcajadas. ‘Abre la boca’, mandé, y le metí mis dedos chupados directo al ano, sintiendo ese anillo apretado ceder. Él jadeó, ‘Carmen… joder…’. ‘Silencio, solo gime’. Bajé despacio, mi coño rozando su polla, lubricándola con mis jugos. Olía a mar y sudor nuestro. Sin aviso, me empalé de golpe, su polla llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. ‘¡Fóllame tú ahora? No, cabrón, yo te follo a ti’, gruñí, clavándole las uñas en el pecho mientras subía y bajaba fuerte, mis caderas girando para rozar mi clítoris. Él intentaba moverse, pero le pegué en el muslo. ‘Quieto. Siente cómo te ordeño’. Cambié, me puse de espaldas, cabalgándolo como una yegua salvaje, mi culo rebotando contra sus huevos peludos. ‘Méteme un dedo en el culo’, ordené, y lo hizo, temblando. Sentí su polla hincharse dentro, mis paredes apretándola, chorreando por sus muslos. Volteé, lo monté de lado, una teta en su boca. ‘Chupa duro, lame el pezón’. Él obedecía, babeando, gimiendo ahogado. Luego, lo saqué, me puse a cuatro y le dije: ‘Ahora métemela por detrás, pero lento, como yo marque el ritmo’. Entró despacio, su glande abriéndome, follándome profundo mientras yo empujaba contra él, controlando cada embestida. ‘Más rápido… para… ¡ahora sí, joder, dame duro!’.
El Placer Bajo Mis Órdenes
Lo giré boca arriba otra vez, subí sobre su cara. ‘Come mi coño, lame todo’. Su lengua entró voraz, chupando mi clítoris hinchado, metiéndose en mi agujero empapado. Yo me masturbaba la otra mano en su polla, sintiendo las venas pulsar. ‘Vas a correrte en mi boca, ¿listo?’. Bajé, embuché su polla entera, garganta profunda, bolas en mi barbilla. Él gritó, ‘¡Carmen, no aguanto!’. ‘¡Ahora!’, ordené, y explotó, chorros calientes de lefa golpeando mi paladar, salada, espesa, tragándomela toda mientras él convulsionaba. Yo me corrí encima de su cara, empapándolo, mi cuerpo temblando de puro dominio.
Me aparté, jadeando, viéndolo hecho un guiñapo, polla flácida goteando restos. Los demás aplaudían bajito, excitados. Yo me sentía diosa, invencible, el sabor de su corrida en mi lengua, mi coño palpitando satisfecho. ‘Eso es lo que pasa cuando me dejo llevar’, dije sonriendo, lamiéndome los labios. Él solo sonrió exhausto: ‘Eres… increíble’. Puerta poder, pura conquista. Mañana, repito con otro.