Estaba en ese hotel cutre cerca de La Défense, París, huyendo de mis demonios. Vampiros por todos lados, pero esa tarde… necesitaba soltar tensión. Lo vi en el bar del lobby. Alto, moreno, ojos negros intensos, tipo Yan, bien puesto, con esa piel bronceada que invita a morder. Me miró, dudó. Yo no. Pedí un whisky, crucé las piernas, mi falda subiendo justo lo necesario. Él se acercó, nervioso.
—Hola… ¿viajera sola? —dijo, voz ronca, intentando ligar.
La Decisión de Conquistarlo
Sonreí, lo miré fijo. Sentí el pulso acelerado, la adrenalina. Esta noche sería mío. Me incliné, mi escote al aire, pezones endureciéndose bajo la blusa.
—¿Quieres follar? Pero yo mando. Nada de tonterías. Sí o no.
Titubeó, tragó saliva. Sus ojos bajaron a mis tetas. Asintió, rojo como un tomate.
—Vale… sí.
Lo agarré de la mano, subimos al ascensor. Mis dedos en su paquete, ya duro. Le mordí el cuello suave, susurré:
—No corras. Vas a obedecer. O te dejo con las ganas.
Entramos en mi habitación. Oscura, cortinas echadas. Lo empujé contra la pared, besos salvajes, mi lengua invadiendo su boca. Manos en su polla, apretando. Él gemía, manos temblorosas en mi culo.
—Quítate todo. Ahora.
Se desnudó rápido, polla tiesa, gorda, venosa. Yo me quité la blusa despacio, tetas libres, grandes, oscuras. Bajé la falda, tanga empapada. Me acerqué, empujándolo a la cama.
—Arrodíllate.
Obedeció. Agarré su cabeza, la bajé a mi coño. Olía a deseo, jugos chorreando.
—Lámeme. Bien. Hazme correrme primero.
Su lengua torpe al principio, lamiendo labios, clítoris hinchado. Gemí, arqueé espalda.
—Más fuerte… joder, así… chupa mi clítoris.
Señalé, dirigí. Sentí el orgasmo subiendo, rápido, brutal. Grité, piernas temblando, squirt en su cara. Él boqueaba, empapado.
—Buen chico. Ahora fóllame.
Lo tiré en la cama, monté encima. Polla enorme, la cogí, froté en mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, coño apretado tragándosela.
—Ahhh… qué polla gorda. No te muevas. Yo follo.
Subí y bajé, ritmo mío, tetas rebotando, sudor perlando piel. Él jadeaba, manos en mis caderas, pero yo mandaba.
El Placer Bajo Mi Mandato
—Agárrame las tetas. Aprieta pezones.
Lo hice gemir más. Cambié posición: de rodillas, él detrás, pero yo controlaba.
—Métemela duro. Pero para cuando yo diga.
Entró de golpe, coño lleno, bolas golpeando culo. Follada bestial, palmadas en nalgas.
—Más rápido… joder, rómpeme el coño.
Gimí alto, orgasmo dos, contracciones ordeñando su polla. Él al límite.
—Aún no. Sácamela.
Se retiró, polla palpitante. Lo puse de espaldas, 69. Chupé su verga, bolas en boca, saliva chorreando.
—Mmm… sabe a mí. No corras.
Lamió mi culo, lengua en ano. Luego, lo monté al revés, culo en su cara.
—Fóllame el culo si quieres, pero despacio.
Lubricado con mis jugos, entró, apretado, dolor-placer. Reboté, gritando.
—¡Sí! Lléname!
Al final, orgasmo tres, él explotó dentro, semen caliente inundando. Colapsamos, sudorosos.
Me aparté, encendí cigarro. Él jadeaba, mirándome adorador.
—Ha sido… increíble.
Sonreí, poder puro recorriéndome. Lo había conquistado, usado, dominado. Exacto lo que quería. Me vestí, lo eché suave.
—Vete. Mañana cazo monstruos. Esto fue mi victoria.
Puerta cerrada, yo reina. Adrenalina sexual, control total. Nadie me para.