Ayer fue mi cumpleaños. Mis padres organizaron una fiesta enorme aquí en Roma, toda la alta sociedad invitada. Grandes familias patricias, lujo por todos lados. Éxito total. Pero el regalo de mi padre… uf, me dejó con un sabor amargo al principio. No un caballo como el año pasado, sino un esclavo. Joven, de Libia, dice que era un príncipe bárbaro. Mi edad, piel marfileña, ojos suplicantes. Pensé: ¿qué carajo hago con esto?
Lo hice seguirme toda la recepción. Vi cómo no sabía ni comportarse, torpe, perdido. Al final de la fiesta, se derrumbó de cansancio. Le di unas bofetadas para despertarlo. Lágrimas en los ojos, temblando. ‘No vales nada’, le dije. Pero luego llegó Matías, mi amigo. Charlamos. Él con su nuevo preceptor, yo quejándome. ‘Prueba con él’, me dijo. ‘Tu padre quiere que explores, que no te enredes con chicas como Alicia’. Me picó la curiosidad. Sus nalgas pequeñas, su culo perfecto… decidí examinarlo.
La Toma de Control: Él Será Mío
Mandé traerlo a mi habitación en la torre de la villa. Alfombras, cojines. Entró medio dormido, empujado por el intendente. ‘Duerme aquí, cerca de mi cama’, le ordené. Se instaló con una esterilla. Entonces, con Matías mirándonos, solté: ‘Aquí no se duerme vestido. Quítatelo todo. Ahora’. Lo miré fijo. Dudó. ‘¿Eres sordo?’, gruñí. Desató su cinturón, dejó caer la túnica. Dios, su cuerpo… polla colgando, suave, nalgas redondas. Se giró contra la pared, pudoroso. Yo y Matías intercambiamos sonrisas. Su espalda desnuda, el inicio de ese culo… me mojé al instante. Lo dejé acostarse, pero ya sabía: sería mío.
Bajamos a hablar. Matías: ‘No te quejes, cabrón’. Posibilidades infinitas. Subí solo después, con vela. Lo vi dormir, respiración agitada. Me desnudé, me arrodillé. Acaricié su raja con mi dedo, olía a hombre fresco. Mañana lo rompería. Dormí soñando con su sumisión.
Al día siguiente, lo desperté: ‘Te llamo Ario. Hoy empiezo contigo’. Le di órdenes: tráeme el desayuno desnudo, siéntate sobre mis piernas. Su polla rozó mi coño casi, piel caliente contra mí. Tension montando. Lo castigué por desobedecer: bofetadas en las nalgas, rojas al instante. ‘Obedece o te mando a los campos’. Temblaba, pero obedecía. Revisé su ajuar: dildos, correas. Mi padre lo preparó todo. Perfecto.
El Placer Brutal: Lo Dirijo Sin Piedad
La tensión explotó esa noche. Lo llamé: ‘Quítatelo. Inclínate, toca tus pies’. Azoté su culo duro. Luego, al baño. Él desnudo, yo mandando. Matías vendría mañana. Pero yo ya dirigía.
Lo até esa noche. ‘Abre la boca’. Empujé mi dedo, luego un dildo pequeño. ‘Chúpalo como mi coño’. Gemía bajito. Lo puse a cuatro patas. ‘Levanta el culo’. Escupí en su ano, metí dos dedos. ‘Esto es tuyo ahora’. Su polla se endureció contra su voluntad. Lo monté, frotando mi clítoris en su espalda. ‘No te corras sin permiso’. Lo volteé, le abrí las piernas. Chupé su polla dura, bolas en mi boca. ‘¡Joder, qué rica!’, gruñí. La tragué entera, saliva chorreando. Él jadeaba: ‘Señora… por favor…’. ‘Cállate y fóllame la boca’.
Lo puse encima, pero yo controlaba: ‘Mete la polla despacio’. Su verga gruesa entró en mi coño empapado. ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Cabalgué salvaje, uñas en su pecho. Cambié: a cuatro patas él, yo detrás con correa. ‘Ahora mi turno’. Empujé el arnés en su culo virgen. Gritó. ‘¡Aguanta!’. Follando su ano apretado, yo masturbándome. Sudor, olor a sexo crudo. ‘Córrete para mí’. Eyaculó en chorros, yo exploté gritando.
Después, jadeando sobre él. Su cuerpo temblando bajo el mío. ‘Eres mío, Ario. Cada día más’. Me miró rendido, ojos de adoración. Poder puro corriéndome por las venas. Mis padres acertaron: esto es libertad. Él limpió mi coño con la lengua, sumiso total. Satisfacción absoluta. Lo abracé, polla suya aún goteando. Mañana, más. Yo mando.