Esta noche, ¡a cazar! Me pongo mi falda negra larga, esa que ondea con cada paso, hipnótica. Botas de cuero marrón, tacones de ocho centímetros, me dan ese balanceo felino. Arriba, blusa de seda beige, un botón menos para dejar ver el encaje rojo de mi sujetador. Maquillaje suave, solo labios rojos fuego. Pelo suelto, listo para danzar.
Bajo al patio de mi casa, arranco la Mini y voy al bar El Perico. Noche cayendo, radio off, siento la suspensión dura, el volante firme. Aparco, me quedo quieta en la oscuridad. Respira hondo. Todo se decide en la entrada.
La Caza y la Toma de Control
Abro la puerta de golpe. Silencio roto. Me paro en el umbral, miro uno a uno. Hay tres tipos: los que me clavan la vista con ego, los que apartan la mirada, y los que bajan los ojos. Elijo a los últimos. Dos candidatos: un barrigón de cincuenta y un jovencito de treinta con gafas. Él. Tímido, pero me espía. Carne fresca, piel tersa, olor a nuevo.
Me acerco al mostrador, me apoyo justo al lado. Le doy la espalda un poco, pero sabe que es él. Pido: «¿Me invitas a un whisky? Laphroaig, por favor». Tartamudea: «Eh… sí, claro». «¿Cómo te llamas?». «Jere… Jérémy». «¿Te gustan las mujeres, Jérémy?». Silencio. «¿Tímido?». «Bueno, eh…».
Lo interrogo: trabajo, soltero, virgen no pero inexperto. Se sonroja. Bebe dos cervezas, yo saboreo el humo del whisky. Está listo. «Tengo ganas de ti. Ven a mi casa. Yo conduzco, has bebido». Me coge la cintura, vamos al coche. Intenta su auto, pero mi mano en su paquete: «Olvídalo, chato».
En el camino, silencio. Le pongo la mano en la rodilla, subo por el muslo. Intenta tocarme: plaff, manotazo. «Después, chico». Llegamos a casa. Lo beso duro, aprieto sus nalgas. «Buen culo». Le bajo el pantalón, polla tiesa, normalita. Beso sus huevos. «Adentro».
En el salón, beso profundo, tacones me ponen a su altura. Nos frotamos, rígidos. Lo desnudo, chupo su polla un segundo. Me quito todo. Al suelo, condón rápido. Lo monto en misionero para que se sienta hombre. Pero eyacula en tres embestidas. «¿Ya? Qué decepción».
El Placer Brutal Bajo Mis Órdenes
Se disculpa: «Eres tan… excitante». Frío: «Te vas a redimir». Lo llevo al baño, le cojo la polla para mear. Se pone duro. «Siéntate». Jet contra la loza. Le meto la cara en mis tetas. «Buen chico. Ahora, premio».
En mi cuarto, luz tenue, cama antigua. Lo tumbo, aceite de ylang-ylang en mis tetas y vientre. Me deslizo sobre él, pezones rozando su pecho lampiño. Gime. Manos en mi culo: «¡Para! Obedece». Le ato las manos con pañuelos de seda a la cabecera. «Sé hombre: ríndete».
Le meto tetas en la boca, succiona fuerte. Me mojo el coño, goteo. Le pellizco pezones si muerde. Luego, 180 grados: me siento en su cara. Nariz en mi ano, lengua en coño. Soubresaltos, me corro temblando. Bajo, chupo su polla tiesa. «No corras, espera».
Me refresco, vuelvo. Protesta: «¡Suelta!». «Tu pajarito no se quejaba». Lo beso de pies a torso. Polla al aire. Desato, pañuelo al cuello: «¿Quieres doggy? Fóllame como perra, pero solo coño».
A cuatro patas, cambrada. Me clava, cachetes chocando. «¡Más fuerte, joder!». Grito, abierta, chorreando. Él ruge, se corre dentro.
Sudados, jadeando. Me repliego, satisfecho. «Hora de irte, gatito». Atónito. Taxi. No le doy número. Puerta cerrada, me miro al espejo. Cansada, pero poderosa. Lo usé como quise. Mañana, otra caza. La carne fresca… adictiva.