La Noche de San Juan en que Tomé su Polla y lo Hice Mío

Era la noche de San Juan, joder, ni me había enterado. Para mí, una fecha más, pero él… él insistía en que fuera esa noche. Llevaba dos meses jugándomela, negándome todo, prometiendo ese polvo que nunca llegaba. Yo, harta ya, decidí que esa sería la mía. Lo miré fijo: ‘Hoy, cabrón, hoy vas a ser mío’.

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Fuimos en coche a esa verbena cutre en la playa de la Marisma, donde se juntan los heavies del barrio. El acordeón chillaba como demonios, el alcohol era negro, fuerte, me subía a la cabeza. Yo me movía como pez en el agua, conocía a todos, pero nadie se me acercaba mucho. Bailaba sola, pies descalzos en la arena, pelo revuelto por el viento salado. Él intentaba seguirme, torpe, sudando. La gente se apartaba, como si supieran que yo mandaba. Mis caderas giraban lento, provocadoras, ojos cerrados sintiendo el ritmo en el coño.

La Caza que Inicié: Tomando las Riendas

La cabeza me daba vueltas con ese brebaje, pero yo controlaba. Él jadeaba detrás. De repente, lo pillé con la mirada: ‘Ven ahora, si te atreves’, le susurré riendo, y eché a correr hacia las dunas. Él detrás, como un perro en celo. La playa se abría, el sol cayendo rojo sangre. Llegamos a esa cantera abandonada, arcilla ocre, pegajosa bajo los pies. Me paré, hundiéndome hasta los tobillos: ‘Cógeme si puedes, amor’.

Se lanzó, pero yo era más lista. Caímos en la arcilla roja, resbalando, forcejeando. Sus manos en mis tetas, yo arañándole el pecho. ‘¡Joder, eres fuerte!’, gruñó. Yo reía, desgarrándole la camisa. Nuestros cuerpos desnudos pronto, cubiertos de barro dorado que brillaba al atardecer. El calor del verano nos quemaba, sudor mezclándose con la tierra húmeda. Yo lo empujaba, él me apretaba. Pero yo decidí: esta lucha era mía. Lo volteé de un empujón, montándome encima. ‘Ahora mando yo’, le dije clavándole las uñas en los hombros.

Sus ojos brillaban de deseo, pero yo lo tenía. Mis manos en su cuello, apretando suave: ‘No te muevas, o te dejo con la polla tiesa’. Él forcejeó, pero yo lo inmovilicé con mis muslos fuertes, arcilla ayudándome a resbalar menos. Le até las manos con raíces gruesas que saqué del suelo, piernas abiertas. Écartelé como a un trofeo. ‘Mírate, cabrón, listo para mí’. Mi lengua le lamió el cuello, bajando al pecho, mordisqueando pezones. Él gemía: ‘Por favor…’. Yo bajé más, lengua enroscándose en sus huevos, chupando fuerte su polla dura como hierro. ‘Umm, qué rica está’, murmuré, tragándomela hasta la garganta, saliva y barro mezclados.

Follada Salvaje: Mi Coño lo Devoró

Me subí a su cara primero: ‘Lámeme el coño, hazlo bien’. Su lengua entró en mí, torpe al principio, pero yo le guiaba las caderas, frotándome contra su boca. ‘Más adentro, joder, sí…’. Sentía su nariz en mi clítoris, hinchado, palpitante. Arcilla en todas partes, resbaladiza, sucia, perfecta. Luego, me coloqué sobre su polla: ‘Ahora te follo yo’. La guié con la mano, mojadita de mi coño, y me hundí despacio. ‘¡Ahhh!’, grité los dos. Su verga me llenaba, gruesa, venosa. Yo subía y bajaba, controlando el ritmo: rápido, corto, rozando la entrada; luego hondo, golpeando fondo, mis paredes apretándolo como ventosas. ‘Siente cómo te ordeño, eh’.

Él suplicaba: ‘Más… no pares’. Yo aceleré, tetas rebotando, barro salpicando. Le apreté el cuello con una mano, la otra en sus huevos, masajeando. ‘Vas a correrte cuando yo diga’. Mi clítoris rozaba su pubis, ondas de placer subiendo. Sentí la ola venir: ‘¡Me corro, joder!’. Me apretó dentro, convulsionando, pero yo no paré, exprimiéndolo hasta la última gota. Su leche caliente me inundó, mezclándose con el barro.

Caí sobre él, jadeando, riendo. Su cabeza en mi hombro, mirándome como un cachorro domado. ‘Has sido mío del todo’, le susurré. Esa noche de San Juan, lo conquisté. Poder puro, coño satisfecho, él rendido. Justo lo que quería.

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