Cómo Tomé el Control y lo Hice Correrse Como Nunca en la Alhóndiga

Me llamo Brigitte, pero todos me dicen Brigi. Esa Pascua, mi amiga me invitó a la casa de su abuela en el campo. Ella era mayor, yo dieciocho recién cumplidos. Un atardecer, me arrastró a un baile rural. El aire olía a tierra húmeda y humo de barbacoa. Ahí lo vi: alto, moreno, con esa mirada de chico que aún no sabe lo que le espera. Se llamaba Pablo. Bailamos un lento, su mano en mi cintura. Sentí su calor, su polla ya medio dura contra mí. Pero yo no iba a dejar que él mandara.

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Lo miré fijo, mis labios cerca del suyo. ‘Ven conmigo’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Él dudó, ‘¿Adónde?’. ‘Ya verás. Tú solo sígueme’. Tomé su mano, fuerte, y lo saqué del baile. Caminamos por el camino de tierra, el corazón latiéndome rápido por la adrenalina. La alhóndiga abandonada estaba cerca, llena de paja seca que crujía bajo mis pies. Empujé la puerta vieja, el olor a heno y madera me invadió. ‘Aquí nadie nos molesta’, dije, girándome hacia él. Lo arrinconé contra la pared, mis tetas presionando su pecho. ‘Hoy mando yo, ¿entendido?’. Él asintió, tragando saliva, sus ojos brillando de deseo y nervios. Mi mano bajó a su entrepierna, palpando esa polla que se endurecía. ‘Buen chico. Quítate la camisa’. Obedeció, temblando un poco. Yo me quité el top lento, dejando mis pechos libres, pezones duros como piedras. ‘Tócalos, pero suave’. Sus manos eran torpes al principio, pero yo guiaba: ‘Más despacio… así, joder, sí’.

La Decisión: Él Será Mío Esta Noche

La tensión subía, mi coño ya mojado, empapando las bragas. Lo empujé al suelo sobre una manta que saqué de mi mochila –yo venía preparada–. ‘Pantalones abajo, ahora’. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de precum. ‘Mira qué bonita’, murmuré, arrodillándome. La agarré firme, masturbándola lento. Él gemía, ‘Brigi…’. ‘Cállate y disfruta’. Me incliné, lamí el glande, salado, caliente. Lo chupé hondo, mi lengua girando, saliva chorreando. Él se retorcía, pero yo paré. ‘No corras todavía. Túmbate’. Me quité el short y las bragas de un tirón, mi coño depilado reluciente de jugos. Monté sobre él, frotando mi clítoris contra su polla. ‘Siente cómo te quiero’. Bajé despacio, su verga abriéndome, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó. Yo rebotaba, controlando el ritmo: rápido, lento, girando caderas. ‘Cógeme las tetas, aprieta’. Mis uñas en su pecho, marcándolo. Cambié posición: de espaldas, su polla hundiéndose más profundo. ‘Fóllame así, pero yo marco el paso’. Aceleré, mis nalgas chocando contra él, sonidos húmedos, sudoroso. Mi clítoris palpitaba, orgasmo building. ‘No te corras hasta que yo diga’. Gemí fuerte, ‘¡Me corro! ¡Sí!’. Mi coño se contrajo, lecheándolo. Entonces, ‘Ahora, córrete dentro’. Él explotó, chorros calientes inundándome, gritando mi nombre.

Me aparté, su semen goteando de mi coño. Él jadeaba, exhausto, mirándome como un perrito. Yo sonreí, limpiándome con los dedos, lamiéndolos. ‘Has sido bueno. Me has dado exactamente lo que quería’. Ese poder, ver cómo sucumbía, su cuerpo temblando bajo el mío… puro éxtasis. Me vestí tranquila, él aún atontado. ‘Volveremos a vernos, pero solo cuando yo diga’. Salí primera, el aire fresco calmando mi piel ardiente. Esa noche dormí como reina, sabiendo que lo había conquistado por completo. Nadie me para cuando decido.

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