Cómo Tomé el Control en el Bosque y lo Hice Explotar de Placer

Era un día de primavera brutal, soleado, con ese aire que te eriza la piel. Salí a caminar por el río, luego me metí en el bosque. Dejé la bici nueva tirada en el sendero, extendí mi manta y me quité todo. Necesitaba correrme, ya sabes, solita, sin prisas. Me tumbé, abrí las piernas… uf, mi coño peludo ya estaba húmedo. Me metí las manos entre los muslos, frotando el clítoris, gimiendo bajito. Los pezones duros, sudando un poco bajo los brazos, también peludos. Me encanta esa olor fuerte, animal.

De repente, un ruido en los arbustos. No paré. Seguí metiéndome los dedos, jadeando más fuerte. Vi un destello rojo, un t-shirt. Sonrisa malvada: era Martín, mi excompañero de colegio. Casado ahora, pero aquí, espiándome como un pervertido. Su polla fuera, asturándose mirándome. Perfecto. Esta vez, yo mando.

La sorpresa que me puso al mando

—Eh, ¿quién anda ahí? —dije, sin parar de tocarme—. Sé que eres tú, Martín. Sal ya, cabrón.

Se quedó tieso. Salió rojo como un tomate, polla medio flácida en la mano. Yo, desnuda en la manta, piernas abiertas, coño chorreando. No me cubrí ni mierda. Me senté, mirándolo fijo.

—¿Te gustaba verme masturbarme, eh? Mi bosque negro, mis dedos dentro… Pues ahora me toca a mí. Quítate la camiseta roja, idiota, te delató. Y sigue pajéandote. Quiero verte duro.

Titubeó, pero obedeció. Se bajó los pantalones del todo, empezó a frotarse la verga. Se ponía tiesa rápido, gruesa, venosa. Yo me toqué el clítoris mirándolo, riendo.

—Más rápido, Martín. Muéstrame lo que tienes. Buena polla, para ser del pueblo.

La tensión subía. Él jadeaba, yo controlaba. Decidí: sería mío hoy. Sus reglas no valían.

Me puse de rodillas frente a él. Agarré su polla, la olí. Sudor, excitación. Lamí la punta, salada. La chupé entera, garganta profunda, apretando las huevos. Él gemía: ‘Luisa, joder…’. Yo mandaba el ritmo, succionando fuerte, mano en la base. Lo vi temblar.

El sexo salvaje donde yo mandaba

—No corras aún, espera mi orden —ordené, escupiendo saliva por su tronco.

Lo empujé a la manta. Me senté en su cara: —Come mi coño, lame todo. Pelo y todo, no te quejes.

Su lengua entró en mi raja peluda, chupando mi jugo dulce, salado. Olía a mujer en celo. Le cogí la cabeza, frotándome contra su boca. ‘Más adentro, coño, lame el clítoris’. Gemí fuerte, tetas balanceándose, barriguita suave temblando. Me corrí así, cabalgándolo, jugos en su barba.

No paré. Volví a chupársela, salvaje. Mano rápida, lengua en el culo. —Córrete ya, dámelo en la cara.

Explotó: chorros calientes en mis labios, mejillas, pelo. Lo unté todo, máscara de semen. Él jadeaba exhausto. Yo, riendo, lamiéndome los labios.

Le arranqué otro orgasmo con la mano mientras él me metía dedos. Mi segundo clímax vino fuerte, gritando en el bosque. Cuerpo arqueado, sudor por todas partes.

Después, nos vestimos. No follamos, sin condón, pero no lo necesitaba. Lo había usado como quise: lo vi rendido, polla blanda. Poder puro. Caminé de vuelta, coño palpitando aún. En la oficina, le guiño el ojo cuando pasa. Sabe quién manda. Si quiere más, que ruegue.

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