Hoy… uf, acabo de recordarlo todo. El sol de primavera entraba por la ventana, la corte del castillo bullía con el chisme de la muerte del conde. Ese cerdo abusador por fin muerto. Yo, Sylvette, la costurera morena de piel cobriza, estaba cosiendo el vestido negro de la condesa. Pero mis ojos… se clavaban en él. En Bogass’, el vannier. Ese grandullón torcido que todos llaman idiota. Yo sé la verdad. Es listo como el abad, habla latín, griego… pero se esconde detrás de esa máscara de bobo.
La multitud se dispersó cuando llegó el prévôt. Miedo puro. Él desapareció en su casa. Yo… no lo dudé. Salté de la ventana, crucé el patio, entré sin llamar. ‘¡Eh, Bogass’! ¿El prévôt aún te acojona?’, le espeté. Estaba de espaldas, bebiendo agua. Se giró, con esa mueca tonta. ‘Arbogast tiene miedo… por ti’. Me planté frente a él, manos en caderas. ‘¡Basta ya! No hoy, no conmigo. Habla normal, enderéizate, o me voy. Y quita esa cara de idiota que te fea más’.
La tensión que me encendió
Se enderezó. Alto, enorme, me superaba. Pero yo no retrocedí. ‘¿Por qué miedo por mí? ¿La condesa me echa y qué?’. Él balbuceó, preocupado. Le agarré la barbilla, lo obligué a mirarme. ‘¿Te jode que me vaya? ¿Este fada tiene corazón por la morenita?’. Me senté en su muslo, enorme, duro. Le acaricié la mejilla áspera. ‘O… ¿miedo de perder mis polvos?’.
Él gruñó: ‘No me gusta que te llamen Noiraude’. Sonreí. ‘Vale, pero responde: ¿solo por la polla o por mí?’. Se entristeció. ‘Eres luz, yo oscuridad. No pega’. Lo abracé contra su pecho ancho. ‘Idiota. Eres grande, fuerte. No feo. Y solo tú me follas desde Año Nuevo. Nadie más. O me das tus labios… o adiós’. Sus ojos… perdidos. Se acercó. Nuestros labios chocaron. Suave al principio, eh… luego salvaje. Mi lengua invadió su boca. Él jadeaba. Yo mandaba.
‘Quítate todo’, ordené. Se desnudó torpe. Su polla… Dios, enorme, gruesa, venosa. Se erguía tiesa. Yo me arranqué la falda, la blusa. Mis tetas pequeñas, puntiagudas, piel morena brillando. Mi coño… casi sin pelo, labios hinchados ya mojados. ‘Arrodíllate’. Obedeció. Le empujé la cabeza entre mis muslos. ‘Lame. Chupa mi clítoris’. Su lengua… torpe al inicio, luego ansiosa. Lamía mi raja, sorbía mis jugos. ‘¡Más fuerte, joder!’. Gemí, agarrándole el pelo. Me corrí rápido, temblando, chorros en su cara.
El polvo brutal que dirigí
‘Ahora, túmbate’. En el suelo, su polla apuntaba al techo. Me subí encima, coño chorreando. La froté en su punta. ‘No te muevas. Yo follo’. Bajé despacio. Su verga me abría, llenándome. ‘¡Mierda, qué gorda!’. Empecé a cabalgar. Arriba-abajo, mis caderas girando. Tetitas botando. Él gemía: ‘Sylvette…’. ‘¡Cállate!’. Aceleré, coño apretando su polla. Sudor, olor a sexo. Le pellizqué los pezones. ‘Tócame el culo’. Sus manos enormes amasaron mis nalgas. Me corrí otra vez, arañándole el pecho.
Le di la vuelta. A cuatro patas él. ‘Fóllame el culo si quieres, pero yo digo cuándo’. No, primero su polla en mi boca. La chupé profunda, saliva goteando. Garganta llena. Luego, lo monté de reversa. Coño tragándosela entera. Reboté salvaje, clítoris frotando su pubis. ‘¡Voy a correrme!’. Él suplicó: ‘Por favor…’. ‘¡Ahora!’. Su leche explotó dentro, caliente, rebosando. Yo grité, orgasmo brutal.
Caímos jadeando. Su semen en mi coño, goteando. Lo miré, dominante. ‘Esto es mío. Tú eres mío’. Él, rendido, besó mi mano. Poder puro. Lo conquisté. Lo hice suplicar. Adrenalina en las venas. Nadie me para. Soy yo quien manda en la cama… y en todo.