Llegó a la posada del Duende Dorado, en pleno corazón de los Picos de Europa. Yo era la gerente, una española de 35 años, pelirroja, con curvas que vuelven locos. Él, Jules, 33, casado, ojos azules, aire de rutina. Lo vi en recepción, con su maleta, y supe: este sería mío. Su matrimonio se ahogaba en lo predecible, sexo de manual una vez por semana. Lo olía en él, esa hambre reprimida.
Le di la llave con una mirada que lo atravesó. ‘Espero que disfrutes la estancia… y explores protocolos nuevos’. Se sonrojó, balbuceó un gracias. Esa noche, en las duchas comunes, lo acorralé. Entré en el cubículo vecino, canté bajito para que me oyera. Salí desnuda, apoyada en la pared, una teta asomando juguetona. ‘Ahora me ves tú a mí, ¿no?’
La conquista y las reglas del juego
Se quedó tieso, polla semi-dura bajo el agua. ‘¿Qué haces aquí?’ Susurré: ‘Tú me miraste antes, effrento. Ahora jugamos’. Le sequé la espalda con mi toalla, rozando sus nalgas firmes. Se pegó a mí, mis tetas contra su espalda. ‘Me llamo Carmen. Estoy libre esta noche. Llevo meses sin follar, y tú… me pones cachonda’. Mi mano bajó, le sequé las huevos despacio, sintiendo cómo se hinchaban. La otra rozó su muslo, cerca de la verga tiesa.
‘Para, por favor… tengo mujer’. Sonreí. ‘Pero te gusta, ¿verdad?’. Claude gritó desde la ducha vecina, invitándolo a salir. Él dijo que sí, pero yo seguí: mordí su oreja, apreté sus bolas. ‘Ven a mi habitación 139 a las 16h. Te ofrezco un juego: yo avanzo si tú lo haces primero. Si paras, paras. Pero si sigues… no paro’. Se fue temblando, yo sabía que vendría.
Llegó nervioso. ‘No sé si…’. Lo hice entrar, le ofrecí un aperitivo. ‘Siéntate. Hablamos. Si te vas, te vas. Pero si das un paso, yo doy el mío’. Me senté en la cama, piernas cruzadas, falda subiendo. Le conté mis reglas: ‘Tú amas a tu Thérèse, eso me excita más. Juega limpio, y yo te doy lo que ella no’. Pidió ducha, le di mi albornoz. Salió oliendo a loción especiada, polla marcada bajo la tela.
‘Primer gesto tuyo’, dije, y le besé el lóbulo, rodilla entre sus piernas. Se rindió. Cena fría, sin bragas yo, viéndolo mirar. ‘¿Quieres que pare?’ Negó. Lo besé apasionado, lengua invadiendo. ‘Ahora sí, fóllame con los ojos primero’.
El clímax brutal y mi dominio absoluto
Lo senté en la silla, abrí su albornoz, polla dura saltando. ‘Mira cómo te la chupo’. Boca húmeda en su glande, lengua lamiendo venas, bolas en mi mano apretando. Gemía: ‘Joder… para, no aguanto’. ‘No pares tú’. Lo llevé al sillón, música suave. Striptease: cremallera bajando lento, tetas firmes saliendo, coño pelirrojo húmedo brillando. Me senté en su polla, cabalgando despacio, sintiendo cómo me abría.
‘Ahora yo mando’. Lo tumbé en la cama, a cuatro patas. ‘Chúpame el coño, cabrón’. Su lengua en mi clítoris, lamiendo jugos salados, nariz en mi pubis. Gemí fuerte, corriéndome en su boca, temblando. ‘Otra vez’. Repitió, cinco orgasmos, yo gritando: ‘¡Más lengua, joder!’. Agotado, lo monté: polla profunda en mi coño chorreante, tetas en su cara. ‘Muérdeme los pezones’. Cabalgaba duro, nalgas golpeando, control total.
Lo puse de lado, le mamé la polla mientras metía dedo en su culo. ‘¡No!’. ‘Sí, relájate’. Eyaculó en mi garganta, leche caliente tragada. Pero no paré: lo até flojo, me senté en reversa, polla enterrada, frotando clítoris en sus bolas. ‘Córrete dentro, lléname’. Gritó, bombeando semen en mi útero.
Después, él jadeando, yo recostada, sudorosa, coño goteando. Lo miré: ‘Te tuve, como quería. Tu mujer nunca te dará esto’. Sentí el poder, la conquista. Él se fue arrepentido, pero yo… satisfecha, reina absoluta. Esa noche soñó conmigo, lo sé. Yo controlo, siempre.