Era un verano de esos que queman la piel, pero dentro de la casa del pelirrojo, el aire fresco nos envolvía. Diez personas alrededor de la mesa redonda: cinco tíos y cinco tías, todos seniors con cuerpos variados, risas roncas y miradas hambrientas. Yo, con mi vestido ligero que apenas tapaba mis curvas, sentía la electricidad en el aire. El rosé frío corría por las venas, las mujeres reían fuerte, los hombres se ponían tiesos bajo la mesa.
A mi lado, Berthe, la viuda alegre con sus gafas torcidas. Luego el viejo Léon, babeando por las tetas. La campesina entrada en años, el gendarme retirado con cara afilada, la rubia explosiva con pechos desnudos asomando en su vestido rojo corto. Frente a mí, mi amiga, el grandullón peludo, Eva la tiesa con su escote cuadrado, el pelirrojo anfitrión… y la gorda Lise, con mejillas rojas y risas nerviosas.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Vi su short corto, su polla larga asomando, violeta y palpitante. Sin slip, el muy cabrón. Se sonrojó cuando nuestras miradas chocaron. Yo decidí: esta noche es mío. Le puse la pierna encima de la suya, despacio, sintiendo su calor. ‘Mírame’, le susurré, voz baja pero firme. Él tragó saliva. La mesa bullía: manos furtivas, risas tapando gemidos. La campesina palpaba pollas, Eva se tocaba bajo la mesa. Pero yo ignoré todo. Agarré su mano, la llevé a mi muslo. ‘No te muevas hasta que yo diga’, le ordené al oído. Sus ojos se abrieron, excitado, rendido ya.
La tensión subió. Todos fingían comer carnes jugosas, pero el aire olía a coños mojados y pollas duras. Yo le clavé las uñas en el brazo. ‘Quítate el short’, le dije, mientras peloteaba a Lise y Berthe para disimular. Él obedeció, polla saltando libre. La rodeé con los dedos, apretando el tronco grueso, el glande hinchado. ‘Ahora, tócame el coño’, mandé. Metió dos dedos, chapoteando en mi humedad. Gemí bajito, controlando. ‘Más despacio, joder, hazlo como yo quiero’.
Me levanté, lo arrastré al vergel detrás de la granja. Los demás seguían en su caos: la rubia con el peludo, Eva montando a alguien… pero yo tenía al mío. Lo empujé contra un árbol, tronco rugoso en su espalda. ‘Arrodíllate’, ordené. Se hincó, polla tiesa vertical. Le abrí las piernas con la rodilla, le metí la mano en la boca. ‘Chupa mis dedos primero, prepara la lengua’. Él lamió, baboso, ansioso. Bajé mi tanga, empapada, y se la planté en la cara. ‘Come mi coño, pelirrojo. Lameme el clítoris hasta que te diga para’.
El Placer Bajo Mi Dominio
Su lengua era torpe al principio, eh… así, más adentro. La guié con las manos en su pelo rojo, empujando su nariz contra mi pubis. Olía a sudor y deseo, mi jugo le chorreaba por la barbilla. ‘Ahora la polla’, gruñí. Me senté en un tronco, abrí las piernas en V. ‘Fóllame la boca primero’. Él se acercó, polla goteando precum. La tragué hasta la garganta, controlando el ritmo, escupiendo saliva. Luego lo tiré al suelo, hierba fresca bajo él. ‘No te corras hasta que yo mande’. Me subí encima, coño resbaladizo engullendo su verga entera. Ah… qué grosor, estirándome. Cabalgué duro, tetas botando, uñas en su pecho peludo. ‘Mueve las caderas, sí, así… fóllame desde abajo’. Él jadeaba, ‘Por favor…’, pero yo aceleré, clítoris frotando su pubis. ‘Cállate y obedece’.
Lo volteé, culo al aire. ‘Ahora por detrás, pero lento’. Su polla entró en mi coño chorreante, bolas golpeando mi clítoris. Le azoté las nalgas, ‘Más fuerte, cabrón’. Gemí alto, ondas de placer subiendo. Lo cabalgaba de espaldas, control total, sintiendo cada vena pulsar. ‘Córrete dentro, ahora’. Él explotó, leche caliente llenándome, mientras yo me corría apretándolo, chorros mojando sus muslos.
Me aparté, él jadeante en el suelo, polla flácida goteando. Yo, erguida, coño palpitante y satisfecho. Lo miré: ‘Buen chico’. Esa sumisión en sus ojos, el poder de haberlo doblegado… adrenalina pura. Volví a la mesa radiante, sabiendo que todos olían mi victoria. Él me siguió, marcado. Poder total, justo lo que quería.