Estaba tirada en la chaise longue, al lado de la piscina del chalé. El sol pegaba fuerte, y yo, con mi piel bronceada, sentía el calor subiendo por mis muslos. Sabía que él estaba ahí, detrás de la valla de madera. Ese chaval de 17 años, mi vecino del chalé de al lado. Lo había pillado espiándome toda la semana. Al principio, me hacía gracia. Sus ojos hambrientos, tratando de colarse entre las tablas. Pero hoy… hoy decidí que era mío.
Me acomodé mejor, abrí las piernas un poco. Llevaba una falda ligera y una camiseta ajustada. Deslicé la mano por mi muslo, lento, rozando la piel suave. Sentía su mirada quemándome. El corazón me latía fuerte, pero no de nervios, de pura adrenalina. ‘Ven, cabroncito’, pensé. Me metí la mano bajo la falda, frotando mi coño por encima de las bragas blancas de satén. Estaban ya húmedas. Gemí bajito, arqueando la espalda. Lo oí moverse, forzar una tabla. Crac. Levanté la vista, fingí leer, pero por dentro reía. ‘Te tengo’.
La Tensión que Me Hizo Decidir
Al día siguiente, no esperé. Me puse un albornoz negro, nada debajo salvo un tanga diminuto. Salí, lo tiré al suelo. Tetas al aire, pezones duros por el aire caliente. Caminé hasta la valla. ‘¡Sal de ahí, sé que estás solo!’, grité. Silencio. ‘¡Sal, joder, o grito y te delato!’. Lo vi emerger del bosque, pálido, con los shorts hinchados. Nuestros ojos se cruzaron. Sonreí, dominante. ‘Ven aquí, cruza la valla’. Dudó, pero obedeció. Temblaba. ‘Bien, chico. Ahora, vas a untarme crema. Y harás lo que yo diga. ¿Entendido?’. Asintió, mudo.
Se acercó, torpe. Le di el bote. ‘De rodillas, empieza por la espalda’. Me puse boca abajo, él untó mis hombros, bajando lento por la columna. Sus manos temblaban, pero yo mandaba. ‘Más fuerte, coño. Masajea mis nalgas’. Las abrió un poco, rozó mi tanga. Me giré de golpe. ‘Ahora las tetas. No seas tímido’. Tomé sus manos, las planté en mis pechos firmes. ‘Pellízcame los pezones, así…’. Gimió él, yo me reí. ‘Te gusta, ¿eh? Quítate la ropa. Ya’.
Lo desvestí yo, tirando de sus shorts. Su polla saltó, dura como piedra, venosa, goteando pre-semen. ‘Mira qué polla más rica para mí’. Me senté en la chaise, abrí las piernas. ‘Chúpame el coño primero’. Agarré su cabeza, la hundí entre mis muslos. Su lengua torpe al principio, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris. ‘Más adentro, joder, métela como si follaras’. Olía a mi excitación, salada, caliente. Gemí fuerte, moviendo las caderas contra su cara. Estaba empapada, jugos por sus barbillas.
Follada Brutal Bajo Mi Mandato
‘No aguanto más. Siéntate’. Lo empujé en la silla, me subí a horcajadas. Agarré su polla, la froté contra mi entrada resbaladiza. ‘Vas a follarme como yo diga’. Me empalé de un golpe, su verga gruesa llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, balbuceó. Reí, cabalgando fuerte. Mis tetas rebotaban, choqué contra sus huevos peludos. ‘Cállate y agárrame el culo’. Clavó los dedos, yo aceleré, mi coño apretándolo, ordeñándolo. Cambié, me puse de espaldas, rebotando más hondo. ‘¡Me vengo, cabrona!’, gritó. ‘No, aguanta. Quiero más’.
Lo tiré al suelo, sobre la hierba caliente. ‘Ahora tú abajo, yo arriba’. Monté de nuevo, follando salvaje, mis nalgas golpeando su pubis. Sentía su polla palpitar dentro, mis paredes contrayéndose. ‘Córrete dentro, lléname de leche’. Explotó, chorros calientes inundándome el útero. Yo me corrí después, gritando, arañándole el pecho. Su semen chorreaba por mis muslos.
Me levanté, su polla flácida goteando. Lo miré, sudorosa, poderosa. ‘Ves? Así se hace. Ahora lárgate, pero vuelve mañana. Esto es mío ahora’. Sonreí, viéndolo irse tambaleante. Dios, qué subidón. Lo había conquistado, follado a mi ritmo. Poder puro. Mis vacaciones iban a ser legendarias.