Entré en la librería Moby Dick esa mañana, con mi falda gris ajustada marcando mis curvas. Olía a libros viejos y café fuerte. Octave, mi jefe, estaba ahí atrás, hojeando unas revistas porno de los 50. Se sobresaltó un poco, pero no cerró el cuaderno. ‘Buenos días, Penélope’, dijo con esa sonrisa pícara. Yo me acerqué, vi tetas enormes, pubis lisos… y algo se encendió en mí.
‘¿Qué es esto, Octave?’, pregunté, inclinándome sobre la mesa de madera clara. Él rio, ‘Cultura popular, mi niña. ¿Apuestas? Si te convenzo, me das un castigo. Si no, quemamos todo’. Sus ojos verdes me recorrieron las piernas. Sentí el calor subiendo. ‘Vale, pero si gano, tú obedeces’. Hablamos de pechos opulentos, de cómo retocaban los fotos para borrar pelos, hacerlas impúdicas sin ser bestiales. Café en mano, nos acercamos más. Su aliento olía a tabaco y deseo.
La tensión que me hizo decidir
Tocó una foto de una morena contra la pared, mano en el muslo. ‘Míralo bien, no se depiló, lo airbrushearon’. Yo me mordí el labio, sentí mi coño humedecerse. ‘¿Y tú qué, Penélope? ¿Te depilas?’. Sus palabras me pincharon. ‘Una vez… me tocó, fue… excitante’. Él se rio suave. La tensión crepitaba. Lo miré fijo. ‘Basta de juegos. Quiero verte la polla ahora. Desnúdate’. Parpadeó, sorprendido. ‘¿Qué?’. ‘Ya. Quítate todo. Voy a follarte como yo diga, o quemamos tus tesoros’. Su cara… mezcla de shock y hambre. Se levantó lento, desabrochó el pantalón. Yo sonreí, fuerte, segura. Él sería mío.
Lo empujé contra la mesa. Su polla saltó dura, gruesa, venosa. ‘De rodillas’, le ordené. Me subí la falda, quité las bragas. Mi coño rasurado brillaba mojado. ‘Lámeme’. Él obedeció, lengua torpe al principio. ‘Más adentro, joder, chúpame el clítoris’. Gemí bajito, agarrándole el pelo. Olía a mi excitación, salado. Lo puse de pie, lo besé duro, mordí su labio. ‘Ahora fóllame, pero yo mando’. Me senté en la mesa, piernas abiertas. ‘Métemela despacio’. Entró, caliente, llenándome. ‘Para… más hondo’. Lo cabalgaba yo, moviendo caderas, controlando el ritmo. Sus manos en mis tetas, pero yo las guiaba.
El sexo brutal que dirigí
‘Date la vuelta’, gruñí. Lo puse a cuatro patas sobre revistas abiertas. Escupí en su culo, metí un dedo. ‘¿Te gusta, eh?’. Él jadeaba, ‘Sí… Penélope…’. Agarré su polla desde atrás, la masturbé fuerte mientras lo penetraba con dos dedos. Luego, me tumbé, ‘Córrete encima, pero no dentro’. Me folló brutal, yo arañándole la espalda. ‘Más rápido, cabrón’. Sentí su polla palpitar, mi coño apretarlo. Él explotó, leche caliente en mis tetas, mi barriga. Yo me corrí gritando, olas de placer, control total.
Después, él jadeante en el suelo, yo de pie, limpiándome con una revista. ‘Buen chico. Has aprendido’. Me sentía poderosa, invencible. Su mirada… rendida. Limpié la mesa, ordené las pilas. ‘Ahora trabajamos’. Pero dentro, la adrenalina bullía. Lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada gemido. Mi coño aún palpitaba satisfecho. Él mío, cuando yo quiera. Punto.