Entré en ese apartamento parisino con mi vestido rojo ceñido, marcando cada curva que el cirujano había perfeccionado. Las medias con costura, los tacones rojos y negros crujiendo en el suelo. Puse un viejo tema de Deep Purple, el bajo retumbando en mis venas. Estaba sola, mi hijo Thibaut con Candice en el cine. Aburrida, sí, pero con ganas de algo… excitante.
De repente, la puerta. Entra él, Paul, el hijo de Candice. Dieciocho años, delgado, mirada baja, como un cachorro perdido. Vestía jeans ajustados, sudadera. Olía a noche fría de diciembre, a Pigalle quizás. Lo miré de arriba abajo. Timidez pura, pero un bulto sutil en los pantalones delataba curiosidad. ‘Hola, guapo’, le dije con voz ronca, cruzando las piernas para que viera el liguero. Se erizó entero.
La Tensión que Me Hizo Decidir
‘Soy Irene, la madre de Thibaut’. Sonreí, depredadora. Me contó su noche fallida, prostitutas, miedo. Pobre virginal. Sentí la adrenalina subir. Este chico sería mío. ‘Ven, siéntate aquí’, ordené, palmeando el sofá. Dudó, pero obedeció. Le serví whisky, roce accidental de mi mano en la suya. Caliente. ‘Háblame de rock’, le pedí, inclinándome. Mi escote al aire, pezones duros bajo la tela.
Sus ojos se clavaron ahí. Respiraba rápido. ‘Irene… yo…’, balbuceó. Puse un dedo en sus labios. ‘Shh. Ahora mando yo. Quítate la sudadera’. Voz firme, sin opción. Se quitó todo, torpe. Polla ya medio dura bajo los boxers. Me levanté, lo empujé al sofá. ‘Mírame. Vas a hacer lo que diga. ¿Entiendes?’. Asintió, hipnotizado. Le desabroché el pantalón, saqué esa polla joven, tiesa, palpitante. ‘Buen chico. Ahora, a mis reglas’.
Lo monté como una reina. Primero, lo besé salvaje, lengua invadiendo su boca inexperta. Gemí contra él, mordiendo su labio. ‘Quítame el vestido. Lentamente’. Sus manos temblaban, bajando la cremallera. Mis tetas saltaron libres, pezones rosados duros como piedras. Se lanzó, chupando uno. ‘Más fuerte, joder’, gruñí, agarrando su pelo. Le metí la teta en la boca hasta que doliera.
El Placer Bajo Mi Mandato
Bajé, arrodillada. Lamí su polla desde la base, saliva goteando. ‘Mira cómo te la como’. La engullí entera, garganta profunda, bolas en mi mano apretando. Él jadeaba, ‘Irene… dios…’. Escupí, masturbé rápido. ‘No corras aún, cabrón’. Lo puse de pie, lo llevé a su cuarto. Lo tiré en la cama boca arriba. ‘Abre las piernas’. Me quité las bragas, coño mojado, hinchado. Me senté en su cara. ‘Come. Lameme el clítoris’. Su lengua torpe al principio, pero aprendió rápido. Gemí alto, moviendo caderas, ahogándolo en mi jugo.
‘Ahora fóllame’. Me empalé en su polla, dura como hierro. Cabalgada brutal, tetas rebotando. ‘¡Más hondo!’. Clavé uñas en su pecho, dejando marcas. Cambié, perrito: lo puse detrás, pero yo dirigía. ‘Empuja fuerte, pero solo cuando diga’. Golpes secos, polla entrando hasta el fondo, mi coño apretando. ‘¡Sí, así! Fóllame el culo si quieres, pero yo mando’. Lo giré, misionero invertido, yo arriba otra vez. Orgasmo mío primero, gritando, contrayéndome alrededor de él.
Lo dejé correrse dentro, caliente, llenándome. Colapsamos, sudorosos. Su polla aún en mí, palpitando. Me aparté, besé su frente. ‘Has sido bueno. Pero fue mío todo’. Él, exhausto, sonriendo bobo. Salí desnuda, alucinado.
Al día siguiente, Thibaut y Candice regresaron. Paul canturreó esa cancioncilla sucia sobre follar a la abuela. Reí por dentro. Lo había conquistado, dirigido cada embestida. Poder puro, él rendido. Ahora es mío, cuando quiera. Esa noche, la adrenalina de la caza, el control total… inolvidable. Sigo mandando.