Acababa de tragarme la leche de Patrick, delante de mi marido. Me levanto del sillón, con esa sonrisa de quien sabe que ha ganado. Camino hacia él, mis caderas balanceándose, el coño palpitando bajo la falda. Le rodeo el cuello, le beso profundo. Mi lengua lleva el sabor salado de la polla de nuestro amigo. Froto mi pubis contra su verga tiesa, dura como piedra. Susurro en su oído, bajito pero claro: ‘¿Te gustó el show, amor? Tu polla dice que sí, está a punto de explotar’.
Él jadea: ‘Me volviste loco, Maya. Y a él también’. Yo río suave. ‘¿Y ahora qué? ¿Nos vamos o nos quedamos?’. Pausa. ‘Quiero quedarme. No te enfades, pero… quiero que me folle’. Él traga saliva. ‘Si eso quieres…’. Yo insisto, mirándolo fijo: ‘Sabes lo que pasará. Me va a llenar el coño. Quizás me deje preñada’. Él asiente, rojo. ‘Lo sé. Es una noche loca’. Yo sonrío maliciosa: ‘¿Cap o no cap? Dilo claro. Dile a Patrick que puede follarme, que me haga cornudo esta noche’.
La toma de control: Decidí que eran míos
Me separo, voy a Patrick. Cojo su mano, la meto bajo mi falda. ‘Siente cómo me has puesto. Mi coño chorrea por ti. Vamos a tu cama king size. Los dos me vais a dar placer’. Patrick duda: ‘¿Y tu marido?’. Yo lo miro desafiante: ‘Él empezó esto. Me retó a chupártela por tu cumple. Ahora asume. Amor, cap o no cap?’. Mi marido cede: ‘Sí, Patrick. Fóllatela. Llénala, hazme cornudo. Quiero verte disfrutar’. Yo gimo: ‘Perfecto. Ahora a la cama, cabrones’.
En la habitación, me tumbo, abro la falda. ‘Desnudaos’. Se quitan todo en segundos. Patrick se lanza primero, besa mis muslos, sube lento. Su lengua lame mi coño empapado, chupa el clítoris, mete dedos. Gimo fuerte, pero no es suficiente. Agarro su pelo: ‘Para. Fóllame ya. Quiero tu polla dentro’. Él trepa, roza la punta en mi entrada. No me quita los ojos de mi marido. Empuja de un golpe, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’. Yo clavo la mirada en mi amor: ‘Míranos. Esto es por ti’.
Se mueve lento al principio, luego acelera. Sus embestidas me parten. Grito: ‘¡Más fuerte! Fóllame como a una puta’. Le envuelvo las piernas, le devoro la boca. Mi primer beso con él, húmedo, salvaje. Mi marido me conoce: sé que me corro cuando me arqueo, vibro. ‘¡Sí, cornudo! Me corro… ¡ahhh!’. Patrick se tensa, me inunda de leche caliente. Sale, mi coño gotea semen blanco.
El clímax brutal y la doble entrega
Mi marido se arrodilla, me mira la raja abierta. Bandearrísimo. Le cojo la polla: ‘Ahora tú’. Me la mete, resbaladiza por la corrida de Patrick. ‘¡Qué guarra estás!’. Yo lo monto, chupo a Patrick mientras. ‘Quiero más. Los dos dentro. Patrick, ¿me das por culo?’. Él asiente: ‘Sí, despacio’. Me lubrica con mi jugo y su semen, mete un dedo, dos. Posiciono: yo encima de mi marido, culo arriba. Él apunta, empuja. Duele al principio. ‘¡Joder, me abrís en dos!’. Pero gimo: ‘No paréis. Me encanta. Dejadme el culo roto’.
Coordinamos: él por detrás, mi marido por delante. Siento las dos pollas frotándose a través de la carne. Follan duro, me aprietan las tetas, me dan palmadas en el culo. ‘¡Desfondaos, cabrones! Llenadme’. El orgasmo me arrasa: grito, tiemblo, chorro de coño. Ellos explotan, semen en culo y chocho. Caemos exhaustos. Río: ‘Me habéis matado. Pero qué bien’.
Más tarde, en la noche, Patrick me folla mientras mi marido duerme. Susurro: ‘Cornudo, duerme mientras te la meto’. Al día siguiente, desayuno con tetas libres bajo su camisa. Regreso a casa reina. Tenía lo que quería: control total, placer puro, ellos rendidos. Poder absoluto.