Acabo de llegar a casa, sudada de la carrera desde las Arènes de Lutèce. Téo, mi novio el friki de los videojuegos, está tirado en el sofá con la consola. Le enseño la medalla antigua que encontré, con esa inscripción griega ‘Allos kósmos’. Él ni se inmuta, absorto en su Mortal Kombat. ‘¿Pizza o sushi?’, dice sin mirarme. Me hierve la sangre. Le doy su regalo, la figurina de Jade, esa tía tetona y guerrera que tanto le pone. Se emociona, me besa torpe. ‘Veo que Jade te excita más que yo’, le suelto con una sonrisa falsa. Me voy a duchar, el agua caliente me relaja el cuerpo. Me miro en el espejo: curvas suaves, tetas pequeñas pero firmes, coño bien depilado en triángulo francés. Pienso en el sueño loco que tuve después, transformada en ninfa al lado de un lago, con un fauno bestial. Despierto cachonda, con la medalla cambiada: ahora un fauno en relieve.
Llaman a la puerta, la pizza. Téo abre, discute por el pago en efectivo. Yo salgo en sudadera oversized, nada debajo, piernas al aire. El repartidor es un moreno alto, barba incipiente, pendiente en la oreja, chándal Lacoste. ‘Solo efectivo, ¿eh? Mi novio dice que soy aburrida en la cama, una tabla… Pues paga de otra forma’, le digo mirándolo fijo, brazos cruzados. Téo balbucea: ‘Julie, no…’. Le quito las pizzas a Téo, tiro de la goma del chándal del tío y ¡zas!, su polla gorda salta libre, venosa, oliendo a macho. Me agacho, la agarro suave, masturbo lenta… La meto en la boca, chupa chupa, saliva goteando. Téo flipa: ‘¡Cinco minutos para el cajero! Si no, te lo follo en la habitación’. Él sale corriendo, yo sigo mamando, ojos clavados en el repartidor: ‘Me la vas a meter toda, ¿entendido? Yo mando aquí’.
La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío
Téo vuelve tarde, la puerta abierta, yo de rodillas chupando como loca. El fauno urbano me coge la cabeza, me folla la boca profunda. ‘¡Cierra, idiota!’, le grito. Entramos al salón. ‘Mira sus figurines de tías con tetazas, su porno escondido… Aquí en el sofá me vas a follar’. El tío me tumba, pero yo lo empujo al sofá, le arranco la ropa: zapas Nike, boxer… Solo quedan los calcetines Adidas. Me subo a horcajadas, coño chorreando, empalo su polla enorme –¡350 gramos de verga!– hasta el fondo. ‘¡Ahhh, joder, qué gruesa!’, gimo, pero controlo el ritmo, subo y bajo, tetas rebotando. Téo mira, se saca la polla. ‘Chúpamela’, le ordeno, mamando sus dedos primero, luego su verga mientras cabalgo. El fauno me pellizca pezones, me azota el culo. ‘Quiere tu culo, ¿eh? Téo, prepáramelo con lengua’. Téo lame mi ano, el otro me empala el coño brutal. Lubrico con aceite de oliva cretense: chorro dorado en mi raja. ‘¡Métemela en el culo ya!’. Entra lenta, quema, pero mando: levrette primero, luego me pone él, pero yo aprieto, giro caderas. Grita al correrse dentro, semen caliente rebosando mi ojete abierto como un O rojo.
El fauno se pira, polla flácida. Téo intenta poesías cursis, lame mi coño limpio. ‘Fóllame fuerte, no mimis’. Me da duro, pero mi coño dilatado por el otro lo nota flojo. Aún así, lo monto, lo exprimo hasta que eyacula frustrado. Me siento poderosa, invencible. Ese medallón me cambió: ahora soy la ninfa que conquista, hace gemir a dos tíos. Téo sucumbe, el repartidor también. Adrenalina pura, coño palpitando satisfecho. Mañana, más. Yo decido.