Estaba en la tienda, ajustándole la chaqueta a ese tipo alto, moreno, con ojos que me miraban como si ya me estuviera desnudando. Jean-Pierre, se llamaba. Sentí su piel bajo la camisa, caliente, y dejé que mis dedos rozaran un poco más. Él se tensó, tragó saliva. Sonreí, suave pero segura. ‘Estás nervioso, ¿eh? Este pantalón te aprieta demasiado’. Metí un dedo por la cintura, rozando su vientre. Él jadeó, y yo reí bajito. Sabía que lo tenía.
No era la primera vez que jugaba así, pero este… me encendió. Le ajusté el bajo, agachándome lento, dejando que viera mi escote. Sus ojos se clavaron en mis tetas, en el encaje negro. ‘Perfecto, ¿no?’, le dije mirándolo desde abajo, con la lengua humedeciéndome los labios. Él murmuró algo, rojo. ‘Vuelve en unos días, píde por mí. Ludi’. Le guiñé el ojo. Esa noche soñé con él, con montarlo, con oírlo gemir.
La seducción y el control en la tienda
Al día siguiente, en el probador, sus manos temblaban. Yo cerré la cortina, me acerqué demasiado. ‘Te invito a un café después del trabajo. A las 19h’. Él dudó, pero yo ya decidía. ‘No, yo invito. Y nada de tonterías. Tú vienes conmigo’. Lo miré fijo, dominante. Él asintió, hipnotizado. En la brasserie, confesó que tenía novia. ‘Me da igual. Hoy eres mío. Mañana al mediodía, hotel. Sin collants, sin bragas. Solo tú y yo’. Se puso nervioso, excitado. ‘¿Y si no quiero?’. Reí. ‘Querrás. Te espero’. Lo dejé con la polla dura bajo la mesa.
Llegó al hotel corriendo, con sandwiches. ‘Vamos’. Cerré la puerta, tiré mi vestido. Quedé en tanga y medias. ‘Acércate’. Él obedeció, torpe. Lo empujé al borde de la cama. ‘Quítate todo menos los slips’. Me tumbé, abrí las piernas. ‘Ahora, chúpame. Lento’. Dudó un segundo. ‘Hazlo o te vas’. Bajó, olfateó mi coño húmedo. Su lengua entró tímida. La guié con la mano en su pelo. ‘Más adentro, cabrón. Chupa el clítoris’. Gemí cuando lo rozó bien, mi jugo le manchó la boca. ‘Bien, así…’
El clímax brutal en la habitación
Lo volteé, saqué su polla gorda, tiesa. ‘Mira qué dura estás por mí’. La lamí del tronco a la punta, saliva chorreando. Él gruñó. ‘Cállate y disfruta’. Me la metí entera, garganta profunda, hasta que tosió. Luego me subí encima, froté mi coño empapado contra su verga. ‘Pídemelo’. ‘Por favor, fóllame’, suplicó. Reí. ‘No. Yo follo’. Me empalé despacio, centímetro a centímetro. Su polla me llenó, estirándome. ‘¡Joder, qué prieta!’. Cabalgué fuerte, tetas botando, manos en sus muslos. ‘No te corras aún’. Él jadeaba, sudado. Lo giré a cuatro patas, le metí los dedos en el culo mientras lo montaba por detrás. ‘¡Ah, sí! Dame más’. Mi clítoris rozaba su piel, orgasmos me sacudían. ‘Ahora sí, córrete dentro’. Él explotó, llenándome de leche caliente.
Me quedé encima, su polla flácida en mi coño chorreante. Bajé, besé su boca salada. ‘Has sido bueno. Me has dado lo que quería’. Él temblaba, mirándome rendido. Sentí el poder, esa adrenalina de conquista. Su novia? Olvídala. Ahora sabe quién manda. Mañana repetimos, a mi ritmo. Soy yo la que decide.