Cómo Tomé el Control Total y lo Hice Sucumbir a Mis Deseos

Estaba en esa casa en Francia, huyendo de la mierda en mi pueblo serbio, pero yo soy española de corazón, fuerte como el vino tinto. Mi madre y yo, con Franck y Sylviane, unos anfitriones generosos. Habían pasado semanas, yo aprendiendo francés, recuperándome del horror. Pero un día, lo vi claro. Franck, ese hombre alto, con ojos que se desviaban cuando me movía. Sentí la adrenalina subir. ‘Hoy lo hago mío’, pensé. No por un hijo, no. Por el placer de mandarlo, de verlo rendirse.

Entré en la cocina esa tarde, él solo lavando platos. Me acerqué por detrás, mi mano rozó su cintura. ‘Franck…’, murmuré, voz baja, ronca. Se giró, sorprendido. ‘¿Sofía? ¿Qué pasa?’. Sonreí, ojos fijos en los suyos. ‘Tú y yo. Ahora. Pero mis reglas’. Dudó, tragó saliva. ‘Sylviane…’, balbuceó. ‘Ella sabe. Quiere que lo disfrutes. Pero yo decido todo. Si no, para’. Mi mano bajó, apreté su paquete por encima del pantalón. Duro ya. ‘Sí… o no’, dije, apretando más. Gimió. ‘Vale, tus reglas’. Lo llevé al cuarto, empujándolo contra la puerta. ‘Quítate todo. Despacio. Quiero verte’. Obedeció, temblando un poco. Su polla saltó, gruesa, venosa. La miré, lamiéndome los labios. ‘Buen chico. Ahora, a la cama. Boca arriba. No te muevas si no te digo’.

La Tensión que Me Hizo Decidir: Él Será Mío

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