Cómo Tomé el Control Total de Su Polla en la Clínica

Estaba en esa clínica cutre de mi pueblo, hace unas semanas. Yo, Hermana Verónica, 28 años, con mi hábito que esconde curvas que vuelven locos a los hombres. Juan, el paciente nuevo, guapo, musculoso, recién operado de apendicitis. Lo vi el primer día, solo en la habitación, sudando, con esa mirada de cachorro herido. Pero cuando le cambié el drenaje, ¡zas! Su polla tiesa como una vara, asomando bajo la sábana. Me ruboricé un segundo, pero luego sonreí para mis adentros. ‘Este va a ser mío’, pensé. No soy de las que se echan atrás. Me encanta esa adrenalina, verlos rendirse.

Al día siguiente, volví. Él intentaba esconderla, pero yo rabaté la sábana de un tirón. ‘¿Qué es esto, Juan? ¿Calor?’, le dije con voz suave pero firme, mirándole a los ojos. Él balbuceó: ‘Perdón, hermana… es que…’. Le puse la mano en el vientre, suave, mientras untaba el antiséptico. Sentí su piel caliente, el pulso acelerado. Mi mano rozó accidentalmente su pubis. Él jadeó. Yo me quedé ahí, charlando de tonterías, libros, pero mi mente ya planeaba. Esa noche, pasé de noche. ‘Duerme, o te ayudo yo’, susurré. Él fingía leer. La tensión crecía. Yo decidí: ‘A partir de ahora, yo mando aquí. Tu polla es mía esta noche’.

La Decisión de Conquistarlo

Entré a medianoche. Él gemía, fingiendo dolor, desnudo, con la verga dura, palpitante, goteando ya. Luz de linterna en su cuerpo. Me senté al borde del catre. ‘Shh, pobrecito. Déjame ver’. Le limpié la frente con mi pañuelo, pero mi otra mano bajó directa. Agarré esa polla gruesa, venosa, caliente como hierro. Él se tensó. ‘Hermana… no…’. ‘Cállate. Yo decido’. La piel se deslizaba suave bajo mis dedos. Arriba, abajo, lento al principio. El glande morado, brillante de precum. Aceleré, oyendo sus gemidos roncos. ‘Mira cómo te pones por mí. Eres mío’. Él se arqueó, pero yo controlaba el ritmo. Frené justo antes de que explotara. ‘No tan rápido, cabrón’.

El Placer Bajo Mi Mandato

Lo miré, lamiéndome los labios. ‘Ahora, abre las piernas’. Obedeció. Bajé la cabeza, olí su aroma masculino, sudor y deseo. Besé el glande, suave primero. Él tembló. ‘Por favor…’. ‘Pide bien: Hermana, chúpamela’. Lo hizo, voz rota. Abrí la boca, tragué esa verga hasta la garganta. Lengua girando alrededor, chupando fuerte. Saliva chorreando, sonidos chapoteantes en la noche silenciosa. Subía y bajaba, profunda, controlando cada embestida. Mi mano en sus huevos, apretando suave. Él gruñía: ‘¡Joder, Verónica!’. ‘Así me gusta. Dame tu leche’. Sentí sus bolas tensarse. Frené, lo dejé al borde. Luego, lo monté. Levanté mi hábito, mi coño ya empapado, calientes mis labios hinchados. Me senté despacio en esa polla dura. ‘Ahora follo yo’. Arriba y abajo, apretando con mi concha. Él intentaba mover caderas, pero le clavé uñas: ‘Quieto. Yo marco el paso’. Cabalgué fuerte, pechos rebotando bajo la tela, clítoris frotando su pubis. Gemí bajito, mi jugo lubricando todo. Él suplicó: ‘Me corro…’. ‘¡Dámelo todo dentro!’ Explosión. Su leche caliente llenándome, chorros potentes. Yo apreté más, ordeñándolo hasta la última gota.

Me levanté, su polla chorreando aún. Él jadeaba, exhausto, mirada de adoración. Limpié con mi pañuelo, besé su frente. ‘Buen chico. Mañana más’. Salí, corazón latiendo fuerte. Esa noche soñé con su rendición. Al día siguiente, rosado, me miró como a una diosa. Yo sonreí: lo tenía comiendo de mi mano. Poder puro, placer total. Obtuve justo lo que quería: su sumisión, su corrida en mi coño. Nadie me para. Soy yo quien conquista.

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