Era jueves por la tarde. Yo, Elena, 33 años, alta como un metro setenta y cinco, con mis hombros de nadadora y curvas firmes de tanto entrenar en la piscina. Mi chico, Pablo, pequeñito, metro sesenta y cinco, piel suave, casi sin pelo… perfecto para lo que se avecinaba. Vivíamos en nuestro ático en Valencia, felices, sin críos ni dramas. Él, comercial, yo directora de compras. Nos conocimos en la uni, nos reencontramos en un curro, y zas, juntos para siempre.
Se fue a un salón en Barcelona el miércoles. Yo le dejé la casa para que hiciera reformas. Pero volví temprano el jueves, a las once de la noche. Entré sigilosa, valija en mano. Lo vi en el sofá, dormido, con la tele puesta. ¿Qué coño? Llevaba mi shorty rosa chicle, ajustado a su culito redondo, una falda plisada negra, camisa de satén roja, sujetador push-up con kleenex, collares, pendientes… hasta mi barra de labios rosa. Pelo en coleta, talco de mi crema hidratante por todo el cuerpo. Parecía una muñequita traviesa. Mi polla… digo, mi clítoris se mojó al instante.
La Sorpresa que Desató Mi Deseo
Me acerqué despacio. Olía a mi leche corporal, a rosado fresco del bar. Lo miré fijo. ‘Joder, qué guapa estás’, murmuré tocándole la mejilla. Se despertó sobresaltado, rojo como un tomate. ‘E-Elena… yo… no es lo que…’. Balbuceaba, ridículo y excitante. ‘Shhh, mi amor. Estás preciosa. ¿Te gusta ponerte mis bragas?’. Él, tartamudeando: ‘P-Por primera vez… me probé una, luego… el espejo… me volví loco’. Sonreí, dominante. ‘¿Quieres seguir vestida así para mí?’. Dudó. ‘No sé… es raro’. Agarré su barbilla. ‘Hazlo por mí. Quítate las dudas. Esta noche mandaré yo’. Sus ojos brillaron, rendido ya.
Lo llevé a la habitación, aún en mi lencería. Me quité todo menos el tanga negro de encaje, húmedo ya. Lo giré, inspeccionándolo. Mi pecho rozó su espalda quemada de sol. Lo abracé por detrás, besando su cuello salado. ‘Qué culito tan mono tienes con mi shorty’. Mi mano derecha bajó por su tripa, palpando su polla tiesa bajo la tela satinada. La masajeé lento, apretando. ‘Mmm, ya estás dura, coquine’. Él gimió: ‘Elena… joder…’. Mi izquierda le sujetó la nuca, mordisqueándole la oreja. Frío en la piel, calor en mí.
El Placer Brutal Bajo Mi Mando
Desabroché el sujetador, tiré los kleenex. Manos en sus nalgas, amasándolas fuerte. Nunca lo había tocado así; siempre él era el cariñoso. Ahora yo reinaba. Deslicé dedos bajo la falda, por la raja del culo. ‘Relájate, mi puta’. Él jadeaba. Escupí en mi dedo, lo metí en su boca: ‘Chúpalo bien’. Luego, directo a su ano virgen. Phalange adentro, suave. Su polla saltó. ‘¡Ahhh!’. Entraba y salía, follándole el culo con el dedo mientras le pajeaba por el shorty. ‘¿Te gusta que te folle el ojete, eh?’. Añadí otro dedo, profundo. Él explotó: ‘¡Sííí, Elena!’. Leche chorreando, empapando mi shorty rosa. Yo reía: ‘Buena chica. Ahora a por más’.
Lo tumbé en la cama, le arranqué el shorty gluo. Besé sus muslos, subiendo al tanga. Se la comí entera, su polla chupada como piruleta. Él me quitó el mío, lamió mi coño empapado, clítoris hinchado. Sesenta y nueve perfecto. Mi dedo volvió a su culo, follándolo rítmico. Él imitó: lengua en mi ano, dedo húmedo adentro. ‘¡Fóllame más!’, grité. Gemí fuerte, cuádriceps apretados, venida brutal. Chillé ‘¡SÍ!’. Él se corrió en mi boca, tragué todo, cyprine suya en mi cara.
Agotados, hablamos. ‘Siempre quise follar con una mujer en ti. Tus rasgos finos, tu suavidad…’. Él confesó: ‘Me excita vestirme así para ti’. Me sentí diosa. Lo tenía rendido, mi juguete. Poder puro corriéndome por las venas. ‘De ahora en adelante, cuando yo diga, te vistes de puta mía. Y yo te follo como quiera’. Él, sumiso: ‘Sí, mi reina’. Durmió en mis brazos, su polla blanda en mi mano. Yo, satisfecha, poderosa. Lo había conquistado del todo.