Era una de esas noches de fin de curso, terminales a punto del examen. Todos reunidos en casa de una compi, padres fuera, buffet con ponche eterno, música a todo volumen. Me aparté un rato, cerca de la puerta al pasillo, mirando las siluetas bailar, colores girando. Mi juego: adivinar quiénes eran, qué pensaban. Ahí lo vi, solo como siempre, el chico de clase desde primero. Reservado, curioso como yo pero callado. Siempre un cosquilleo entre nosotros.
Me acerqué con dos vasos de ponche. Sonreí, él también, ese sonrisa que me derrite. Cabello rubio largo, ojos azules, labios que no paran, cuerpo alto y recto, tetas discretas pero energía que conquista. Recordé el beso en el parque, hace un año, estudiando para el bac. Caminata a casa, lacets sueltos, parón, labios juntos, lenguas enredadas, dulce sabor. Luego, silencio, manos unidas, y en su puerta: ‘No hablemos más’. Ambiguo desde entonces.
La tensión que me hizo decidir: él sería mío
Nos sentamos, miramos la pista. Silencio raro, él nervioso. ‘¿En qué piensas?’, le dije juguetona. ‘Eh… nada’. ‘¿No bailas?’. ‘No me gusta mucho’. Lo miré fijo, intensamente. ‘¿Tienes hambre?’. Se levantó, fuimos al buffet. Crema en su pantalón, ‘¡Ups, lo siento! Ven, a la cocina’. Lo arrastré, solos. Mojé un trapo, froté cerca de su polla. Sentí endurecerse bajo la tela. Él rígido, yo sonriendo. ‘No pasa nada’, murmuró. Nuestras risas se volvieron nerviosas, fou rire. Mano en su cuello, acerqué labios… pero pasos, interrupción. Fingimos normalidad.
En la pista, bailamos pegados. Samba latina, cuerpos rozando, sus caderas contra las mías, pezones duros bajo mi top verde. Lo irradiaba, lo provocaba. Luego, lo busqué: ‘Ven, hablemos arriba’. Vestíbulo, escaleras discretas, segundo piso. Entramos en una habitación simple, cama doble. Él cierra puerta. Me tumbo boca abajo, ‘Estoy muerta’. ‘¿A qué juegas?’, dice. Me siento, lo monto a horcajadas. ‘Tengo miedo’, confiesa. ‘No conmigo’. Lo beso fuerte, lenguas salvajes, manos en sus caderas.
Lo empujo al colchón. ‘Quítate la camisa’. Obedece temblando. Le desabrocho el pantalón, polla saltando dura como hierro. ‘Mira lo que me haces’. La agarro firme, masturbo lento. Él gime. Me quito el top, sujetador negro. Tetas firmes, pezones erectos. ‘Chúpalas’. Se lanza, succiona, muerdo su oreja: ‘Bien, así’. Bajo mi vaquero y tanga, coño depilado expuesto, húmedo. ‘Tócalo’. Dedos en mi raja, clítoris hinchado. Gimo, guío su mano. ‘Ahora fóllame con la lengua’.
El sexo salvaje donde yo mandaba y él se rendía
A cuatro patas, él lamiendo mi coño, jugos chorreando dulces. ‘Más adentro, joder’. Le meto polla en boca, chupada profunda, garganta apretando. ‘No corras aún’. Condón puesto, me monto encima. Coño tragando su verga entera, embestidas mías, control total. ‘¡Fóllame fuerte!’, pero yo marco ritmo, clavo uñas en su pecho. Cambio: lo pongo a cuatro, penetro con dedos mi culo mientras él embiste. Gritos míos dirigiendo: ‘Más rápido, cabrón’. Orgasmos míos primero, él tiembla, lleno el condón.
Lo lamo limpio, semen salado. Me tumba, masturbo su polla flácida hasta dura de nuevo. ‘En el baño ahora’. Desnudos en pasillo, lavabo. Me apoyo, culo arriba: ‘Sin condón, métemela’. Polla resbalando en mi coño mojado, embestida violenta. ‘¡Sí, así!’. Eyacula dentro, caliente. Vuelta a cama, amanecer. Mañana, agarro su polla dormida, la revivo. ‘Otra ronda, mía’. Monteo lento, tetas en su cara, clímax compartido.
Me siento poderosa, él rendido. Obtuve todo: control, placer, sumisión. Esa noche, yo mandé, y fue perfecto. Su cuerpo marcado mío, adrenalina eterna.