Estaba en la discoteca de Mo, ese garito raro en la planta baja de un edificio burgués. Noche profunda, aire espeso, sudor mezclado con colonia barata. Cosméticos y feromonas por todos lados. La gente rozándose, ojos que se comen. Yo, con mi falda corta, sin bragas, sintiendo las luces estroboscópicas golpear mi piel. Baile con ritmo propio, new wave en las venas, brazos ondulando como olas negras.
Éric estaba ahí, tieso contra la barra. No bailaba, observaba. Con esa armónica en la boca a ratos, dedos en concha, música interior. Nuestras miradas chocaron. Larga, interrogante. Él apartó la vista, yo no. Sonreí, explícita. El pulso se aceleró. Sentí el calor subir desde el coño, adrenalina pura. Decidí: esta noche es mío. Lo voy a follar como yo quiera, lo haré suplicar.
La Mirada que Enciende el Fuego
Me acerqué, lento. Cuerpo a cuerpo en la pista. Mi cadera rozó su polla, ya medio dura bajo el pantalón. ‘¿Qué miras tanto?’, le susurré al oído, aliento caliente. Él tartamudeó, ‘Eh… nada, solo…’. Mo, el dueño, guiñó desde la barra: ‘Vickie, esa tía es fuego puro’. Pero yo era el fuego. Le agarré la mano, la puse en mi muslo. ‘Ven conmigo. Ahora mandamos tú y yo. Mis reglas’.
La tensión crepitaba. Su mano temblaba, sudada. Yo la subí, hasta mi coño lampiño, mojado. Dedos rozando labios hinchados. ‘Siente cómo te quiero’, gemí bajito. Él jadeaba, ojos vidriosos. Lo arrastré a la banqueta del fondo, semioculta. La discoteca casi vacía, solo Mo y un par más mirando. ‘Siéntate’, ordené. Él obedeció, polla tiesa marcando.
Le bajé el zipper. Polla gruesa, venosa, saltó libre. La olí, almizcle varón. ‘Abre la boca’, le dije, pero no, yo mandaba. Me subí a horcajadas, falda arremangada. Mi coño chorreante se tragó su verga de un golpe. ‘¡Joder!’, gruñó él. Yo controlaba: subía y bajaba lento al principio, sintiendo cada vena raspar mis paredes. ‘No te muevas. Déjame follarte’. Aceleré, tetas botando, pezones duros rozando su camisa. Sudor goteando entre nosotros.
El Placer Bajo Mis Órdenes
Agarré la botella de champán de la mesa. Fría, verde. ‘Mira esto’. La deslicé por mi clítoris, luego por el suyo. Él gemía, ‘Por favor…’. La metí en mi coño un poco, junto a su polla. Sensación brutal: estirada, fría quemando. La saqué, la vacié en mi entrada. Burbujas explotando dentro. ‘Ahora fóllame duro, pero como yo diga’. Lo monté salvaje, nalgas aplastando sus huevos. Olor a sexo rancio, carne faisandée. Lamí mis dedos, metí dos en su culo. Él se arqueó, ‘¡Ah, Vickie!’. ‘Cállate y córrete cuando yo quiera’.
Lo giré, levrette. Mi culo en pompa, él detrás. Pero yo empujaba, marcando ritmo. ‘Más adentro, cabrón’. Polla hundiéndose hasta el fondo, golpeando cérvix. Gritos ahogados. Éric sudaba, manos en mis caderas. Metí tres dedos en mi coño mientras él follaba, masturbándome el clítoris. ‘¡Voy a correrme!’. No, esperé. Lo apreté con paredes vaginales, ordeñándolo. Él explotó, leche caliente inundando. Yo seguí moviéndome, ordeñando hasta la última gota.
Al final, me aparté. Él jadeante, roto en la banqueta. Yo de pie, coño goteando semen y champán, tetas al aire. Mo aplaudía, ‘¡Brutal!’. Sentí el poder puro: lo había conquistado, dirigido cada embestida, cada gemido. Adrenalina post-sexo, coño palpitante satisfecho. Él me miró, rendido: ‘Eres… increíble’. Sonreí. Esa noche, obtuve todo: control total, placer mío primero. Poder absoluto en la carne.